
Foto de Armando Vega : Cuerries de Espinaredo
"...
Yera como si la felicidá
envede tar allalantrón
pudiera tocase colos deos,
y lo mesmo que si huera un gatu
pasa-y la mano per enriba'l llombu"
Armando Vega
(Pente'l borrín de la memoria - Ed. Trabe)
Es tan grande el deseo de ser felices que nos pasamos la vida buscando los escasos momentos en que lo hemos sido.
Y si por un resquicio de la puerta de la memoria entrevemos ese instante que nos embriagó de felicidad, nos dedicamos con anhelo a estudiar su etimología. Como si descubrir el orígen nos permitiese reproducirlo indefinidamente.
Es entonces cuando encontramos el espíritu de las pequeñas cosas: la delicia de la leche acariciando la garganta, la tosquedad de la madera del banco, el crujir de la hierba seca en nuestras manos, la humedad en los pies después de chapotear en el camino enfangado.
Es entonces cuando encontramos el espíritu de las pequeñas cosas: la delicia de la leche acariciando la garganta, la tosquedad de la madera del banco, el crujir de la hierba seca en nuestras manos, la humedad en los pies después de chapotear en el camino enfangado.
Y en este afán de encontrar, perdemos el instinto y llegamos a confundir la felicidad con la caricia de un lomo suave, sedoso y cálido.
No estaba allí la felicidad.
Cuando niños, desconocemos la obligatoriedad de ser felices, por eso, aquellos actos que resultaban agradables a nuestros sentidos nos hacían gozar sin pretenderlo.
Podríamos concluir que la etimología de la felicidad es: infancia + ignorancia.
Pero no. La infancia no es privativa de aquélla.
Y si no, recordemos la lectura de un buen libro, una buena charla con un amigo, el abrazo inocente de tu hijo, una puesta de sol o un paseo bajo la lluvia; y tantos y tantos momentos en los que, ahora, en la edad del recuerdo, podemos disfrutar.
La felicidad no existe. No la busquemos y, tal vez, lleguemos a inventarla.
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