27 de junio de 2006

Pequeñas historias en ciudades grandes (I)
















Todas las noches entreabría su ventana. Justo en el edificio de enfrente, su vecina, se sabía observada. Lo veía, regularmente, mirar cómo bailaba su danza oriental. Y en esa complacencia de artista que ofrece su arte al público, ella abría de par en par su ventana, encendía todas las luces y elevaba el volumen de su compacto para conseguir el clima apropiado que acompañase al sensual movimiento de su cuerpo.
Todas las noches, durante una hora, se repetía esta parafernalia. Hasta que ella cerraba su ventana deseando haber satisfecho a su espectador. Y éste, embriagado por la brisa de laúdes, cítaras, crótalos y panderos, se retiraba para continuar leyendo un libro mientras las luces de su habitación permanecían apagadas.


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12 de junio de 2006

Anecdotario de curiosidades (III)

Fin de semana en Madrid

Es cierto que, para los que no vivimos en Madrid, un fin de semana en la capital (de momento podemos llamarla así, hasta que los referéndum prolifiquen y lleguemos a olvidar cual es cual y cual de las cuales nos corresponde por territorialidad geográfico-política) da para poco.
Sin embargo, estos dos días pasados han sido tan fructíferos en cuanto a experiencias se refiere, que me atrevo a decir que me han suplido por dos semanas.
Faltaría más..., hemos ido a la Feria del Libro, instalada en el Parque del Retiro y donde se demuestra experimentalmente que la teoría, según la cual los españoles leemos poco y compramos menos (libros) es absolutamente falsa. No vi a uno sólo de los viandantes del recinto sin una bolsa de la feria repleta o casi, de sus correspondientes libros.
Las ferias son ferias por algo, eso está claro. Entre otras cosas por la variedad de ofertas, y en este caso por la diversidad de libros y... también de escritores.
Estaba la exquisita y estirada presencia de Carmen Posadas, siempre con una sonrisa para el potencial cliente. No faltó a la cita Fernando Sánchez Dragó, crack donde los haya, hablador por los codos y profesional hasta en sus dedicatorias. Aunque las colas para esperar por la firma correspondiente en el libro escogido abundaban, encontré uno de los stand vacío, sin gente que ojease libro alguno ni esperase por la firma del autor de turno; di por hecho que éste último era el que espantaba al personal pues se trataba nada más ni nada menos que de Fernando Savater. He de reconocer que me dio pena. Algunas veces le cruzaría la cara por las tonterías que dice pero me cae bien y es un tío listo. Rosa Montero y Luisa Castro parecían dos marujas hablando de la última tendencia en telas para visillos y me alegro mucho de su actitud pues dejan claro que además de ser excelentes escritoras también son humanas y por ende, mujeres. ¿Se pueden imaginar qué stand era el más abarrotado de público, que hasta tuvieron que vallarlo en forma de "ese" para que la cola no se aglomerara y hubiera un cierto orden? Les advierto que ese día no estaba Dan Brown ni Antonio Gala (que tira mucho), ni Pérez Reverte, ni Paul Auster, ni Harold Pinter; no, no, ninguno de los que pueden ser considerados importantes o famosos en la literatura actual. El stand más visitado era el de Andreu Buenafuente. ¡Jódete y baila! Permítanme la expresión pero es que creo que me quedo corta. No tengo nada en contra del showman catalán, todo lo contrario, pero ver a Ian Gibson atendiendo a un admirador que por casualidad se había dejado caer por su stand y al Buenafuente protegido por guardas de seguridad para evitarle una posible avalancha de público, me pone los pelos de punta.
A Jesús Ferrero le brillaba más que nunca su peladísima cabeza y él, por supuesto, se enorgullecía y presumía de ella. Y eché una parrafadita con Benjamín Prado mientras firmaba el libro correspondiente presumiendo, en este caso, de una elocuencia intelectualoide de poeta simpático. Conté una a una las arrugas de Josefina Aldecoa, que son exactamente las mismas que exhibe en las pantallas de tv y que lleva con una elegancia y serenidad asombrosas.
Uno de mis mejores momentos fue el de Leopoldo. Ya estábamos en la segunda vuelta cuando mi hija me tira del brazo, me para y me dice: -"¿No es ese Panero, el que está en un psiquiátrico de Canarias?"-. Y en esto, que mis ojos se encuentran con una mirada suspendida en el aire (como la de Emma) y también veo un cigarrillo suspendido en unos labios casi desaparecidos y también veo unos huesos articulados cubiertos de una piel oscura que semejaban una mano que estaba suspendida en un bolígrafo (era el bolígrafo quien sostenía la mano y no al revés). Era Leopoldo María Panero. Creo que debo ser sincera y decir que no tenía ningún deseo de comprar alguno de sus libros (no me encandilan sus poemas) pero ante el mito literario que tenía ante mí, decidí hacerlo para recibir en persona una dedicatoria suya. Me acerqué, tomé el libro y se lo di para que me lo firmara. A su lado estaba un hombre joven que le transmitía las peticiones de los que allí esperábamos y me preguntó cómo me llamaba y me explicó -por si no entendía su letra- que su dedicatoria era siempre la misma: "Para ..... con cariño". En un intento (gigantescamente vano) de entablar algo de conversación con esa extraña criatura literaria, protesté por una firma tan simple y le pedí algo más que un cariño comercializado y merchandarizado. Él, apoyó su mano en el bolígrafo y, dirigiéndome una mirada de soslayo, escribió. Su acompañante le transmitió mis palabras y esperó respuesta. Leopoldo le respondió, con un rictus en la boca aspirante a sonrisa displicente de impaciencia, que sí me había escrito algo más: "Para Ana con cariño de Leopoldo". Y así acabó mi momento Leopoldo, con encanto y desencanto al mismo tiempo, como casi siempre nos ocurre con los mitos.
Y llegó la mañana a su punto álgido. Acaeció (sé que está en desuso pero me encanta esta palabra) que la química tornó psicología y la psicología en literatura y entre las tres generaron la conexión entre dos personas sin saber siquiera de su existencia la una de la otra.
Sucede que me gusta la poesía. Me atrevo descaradamente a escribir poesía y aunque no domino como quisiera esta parcela literaria (a pesar del gran Gamoneda, instintivamente la considero como tal) me considero poeta (¡toma ya!). Pues bien, es evidente que leo poesía pero también muchísimas otras cosas (soy ecléctica de profesión), entre ellas novela. Por tanto, no es de extrañar que me detuviera delante del stand donde firmaba en aquel momento Antonio Soler, autor de, entre otros, "El camino de los ingleses", premio Nadal 2004, y escritor especial y admirable por su actitud escéptica ante el merchandising que rodea parte de la literatura actual.
Estaba Antonio (la confianza acude sin que nadie la llame, je) atendiendo a una señora que había comprado uno de sus libros mientras yo esperaba con otro mi turno de firma correspondiente. La señora precedente se marchó y él, tomó una botella de agua y un vaso para evitar una deshidratación segura (rondábamos los 35º y el sol era de justicia); me vió y rápidamente dejó botella y vaso para fijarse en mi persona (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Me negué rotundamente a privarle de apagar su sed y estuvimos en un toma y daca de amabilidades y condescendencias para acabar cediendo él, ante mi firme y contundente politesse, tomando el libro y escribiendo con una lentitud, rara en estos días, mi dedicatoria. Me devuelve el libro y murmura un "hasta pronto" con una sonrisa abierta y sincera (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Abro el libro y leo: "Para Ana el agua de las palabras, la poesía". ¿Acaso no fue este un momento mágico?

El fin de semana daría para más historias pero creo que la mañana en la Feria fue significativa. La presencia de los libros, ya de por sí, es mágica.



pd. este relato no es ficción, por si a alguien le interesa.

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6 de junio de 2006

Fantasía y realidad












- Escher





Alguien leyó mis poemas y me habló de desencantos y frustraciones. Identificó poeta con poesía, cuestión, por otro lado, muy discutible y que requiere estudios profundos para no llegar a conclusión acertada.
Alguien leyó los escritos colgados en este blog y me habló de pesimismo y tristeza. Identificó escritor con escrito. Es posible que con razón, pues siempre proyectamos nuestra personalidad en el papel (aunque no me gusta definirme como persona pesimista, reconozco que un poco escéptica sí que soy).
Alguien leyó todos mis escritos y se sintió dibujada en ellos; en alguna parte de ellos. Es aquí donde marco una línea que separa fantasía de realidad. No negaré la carga de experiencia propia que llevan todos mis poemas, relatos, soliloquios o simplemente crónicas del día a día; pero sí me atrevo a negar rotundamente que el lector deba identificar mi vida real con mi vida literaria.
Recuerden los lectores que la imaginación es la savia de todo escrito.

"Ni el poeta, en su texto, es el hombre que es cuando no escribe, ni su lector el hombre o mujer que es cuando no lee", dijo Lázaro Carreter. Y estoy de acuerdo con él.
Esta afirmación extrapolada a cualquier tipo de literatura (no me atrevo, dios me libre, a decir que yo hago literatura, pero sí que, dios no me libra, puedo negar que escribo) es válida en tanto que el único nexo existente entre escritor y lector es el mundo creado por ámbos en esos dos estadios diferentes que son el hecho de escribir y el de leer.

En resúmen, la tangencia de mi realidad con la fantasía de mis escritos puede tornarse secante, pero el círculo de mi vida cortado por ésta, es, las más de las veces, ínfimo.


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1 de junio de 2006

La equivocación



Al doblar una esquina, en una noche sin luna, en una ciudad sin nombre, te encontré. Mal asunto. Supe o, tal vez, presentí, que devolver a las tuyas mis primeras palabras era el principio de una gran equivocación.
Llevaba razón.
Tomamos una avenida de cuatro carriles en la calzada y bulevares en las aceras, pero a ti no te gusta conducir y yo aborrezco las terrazas.
Paseamos bajo lunas maravillosas en noches de cristales brillantes, pero la luna descubre que no todos los gatos son pardos y los cristales, -nunca lo hubiera pensado-, se rompen.
Leímos profundas historias acompañados de inolvidables músicas, pero tú descubriste pronto que las historias son historias porque se acaban y yo entoné una canción que, -nunca lo hubiese creído-, jamás había escuchado.
En fin, al cabo de un tiempo, notamos, con cierto amargor en los labios, que a mí me gusta el amarillo y tú eres supersticioso; yo disfruto con un buen vaso de vino y a ti te gusta el cardhu; tú llevas sandalias y yo botas; a ti te encanta tomar baños de sol y yo me resguardo bajo un toldo con mis gafas de sol; a mí me pierde James Bond y tú te quitas el sombrero ante John Wayne. Sería conveniente no excederse en esta demostración de hábitos contrapuestos, por lo que me limito a plasmar en este papelpantalla una sola frase: ¡Ay que joderse con las diferencias!
Pues bien, sin ánimo de hacer razonamientos que me lleven a una autodisertación absurda acompañada de un buen dolor de cabeza, he llegado a la conclusión de que, efectivamente hemos cometido una gran equivocación. Tú no encuentras los pasos que llevan a mi puerta y yo no sé abrirla.
He pensado en interpretar un papel para borrar esta "equivocación" en nuestra historia, pero no me he atrevido. Yo sería "Oliveira" y tú, "La Maga". Debería haberte dicho: "Amor mío, no te quiero por vos, ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto...". Sin embargo, esa hubiese sido otra historia y tan sólo Cortázar ha podido contarla.


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25 de mayo de 2006

Emma

Se llama Emma y tiene la mirada suspendida en un centímetro de aire.
Se ha caído muchas veces y siempre ha tenido alguien o algo que le ha tendido una mano. Tiene una hija de la que habla con un rictus de orgullo en sus labios, sin unirlos, dejando siempre un resquicio para una nueva palabra de alabanza hacia ella. Esta vez, es la poesía quien la ayuda a levantarse, a expresar el sufrimiento que le ha causado la muerte de su compañero y la tragedia que supone saberse seropositiva. Vive en un centro de acogida para drogadictos en proceso de desintoxicación y cuenta la ternura que recibe en las "caricias" de un pastor alemán que comparte casa con ella. Nos pide un cigarrillo para combatir la ansiedad, porque "se está quitando", dice, y eso es muy duro. Quiere hacerlo por su hija. Nosotros la animamos, le decimos que la meta es muy atractiva; el orgullo que sentirá ante su hija le compensará de todo el esfuerzo.
No he vuelto a verla desde que acabó el taller, hasta la semana pasada. Iba yo por la calle y me encuentro con una pareja de indigentes mochileros, de esos que son pero se niegan a serlo, que conservan un hálito de orgullo personal y evitan la compasión o el desprecio, que tanto monta. El hombre se me acerca y me pide dinero para el desayuno. Respondo que no tengo suelto (coletilla utilizada a menudo...) y entonces, la mujer lanza un exabrupto golpeándole el brazo y diciéndole: -pero ¿cómo se te ocurre pedirle dinero a mi amiga Ana?-. Era Emma. Pasada la primera sorpresa, una sonrisa grande se instala en mi boca; me alegro de ver a una antigua compañera de fatigas poéticas y le planto un par de besos sinceros en sus dos mejillas. Le pregunto por su vida. Ha vuelto. De nuevo está enganchada. Le echo un rapapolvo suave (no salen palabras duras para una mujer derrotada), le pregunto por su hija, la animo a luchar de nuevo contra su represor y me despido.
Sigo mi camino y pienso en ella. Su rostro estaba lleno de eccemas, algunos con heridas abiertas. Me estremezco. Mi único pensamiento durante todo el día fue de temor a un posible, aunque remoto, contagio.
He pasado una semana de contradicciones. No sabía si había hecho bien en besarla tan espontáneamente o debería haber tenido más cuidado.
Hoy, que escribo esto, me arrepiento de haber tenido dudas y me alegro de haberte besado, Emma.



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24 de mayo de 2006

Risas

Vacaciones cortas o escapada larga, como se lo quiera denominar, pero escapada vacacional al fin y al cabo. Hemos pintado cielos de luz insomne y agujas enamoradas del cielo. Hemos hablado de aldea global, de ciudadanos autómatas unas, y hombres tranquilos otras, de dominaciones suecas y dominaciones soviéticas, de religión evangélico-luterana y de ortodoxa, también de la tibieza en la práctica religiosa. Hemos visto gente encantadora y petardos de gente. Hemos sufrido el overbooking hotelero y hemos negociado cual empresario de altura. Hemos visto ciudades nuevas y ciudades tan viejas como el mundo. Hemos estado en el café Kafka y en el Kiasma (Museo de Arte Contemporáneo). Hemos visto el Estadio de los Cantos (paradigma de la reivindicación de una lengua) y un cementerio-bosque o bosque-cementerio en el que comparten espacio lápidas, árboles, plantas y flores.

Y nos hemos reído. ¡Vaya si nos hemos reído!

Risas en el ascensor con el insert, remove, push; risas en el restaurante con las comidas servidas en pisos; risas en la celebración de un cumpleaños en un país lejano y extraño; risas con los aleluyas de unos fineses vestidos de chándal de táctel azul soraya, zapatos borsalino blancos y sombrero vaquero de plástico azul noche (pedos perdidos); risas en el pub de paso para entrar en el baño y a cambio pedir caipiriñas (típicas en Tallinn...¿?); risas en las fragonetas, que son nuestra especialidad en los viajes, y risas con el chófer correspondiente: véase, Manolo, Antonio o Federico , según las facciones de la cara del interfecto; risas en una carrera de seiscientos metros de obstáculos de gotas de lluvia, con gatos de plástico en la cabeza y el tranvía como meta; risas con el doblado de servilletas levantando con suma destreza lo que hay que levantar, en un restaurante de diseño.

Si he de recordar algo de las vacaciones de estas ocho amigas del "jueves cultural", será la risa, por encima de "cualquier otra cosa".




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17 de mayo de 2006

¿"the best is jet to come"?




La miopía del tiempo recorta en miles las palabras que crucé contigo, reduciéndolas a media docena. Pero fueron media docena que tiñeron de fantasía real dos lenguas. Nunca más supe de tu vida, ni de tu trabajo, tus amigos, tu familia, ni de tus fracasos, si es que los has tenido. No hemos cruzado palabras, ni miradas, ni tan siquiera un apretón de manos o un beso en la mejilla. Hemos divergido nuestros caminos voluntariamente. Es posible que un par de veces al año o, tal vez, un par de veces al mes, recordemos momentos únicos compartidos, como un beso de buenos días, una sola canción para dos corazones, un martini seco con olivitas, un filósofo mudo o un león con alma de "soul". Pero se queda en eso, en recuerdos.
Y el tiempo, que además de ser miope es caprichoso, se encargó de abrir las puertas de la distancia y reunirnos en otra distancia, muy lejos de nuestra ciudad, en un lugar frío..., muy frío.
(Con el énfasis propio de los encuentros inesperados y caras de pazguatos):
  • Hola, ¿cómo estás?
  • Bien, ¿y tú?, ¿pero..., qué haces aquí?
  • He venido a un congreso sobre medio ambiente, ¿y tú?
  • Ah! qué bien!, yo estoy de minivacaciones
  • ¿Cómo te trata la vida?
  • Pues..., no me quejo.
  • ¿Estarás mucho tiempo aquí?
  • No, no, el fin de semana ¿y tú?
  • Lo mismo. ¿Tendrás tiempo libre? ¿Podemos vernos?
  • No sé..., tal vez..., ¿dime en qué habitación estás y te doy un toque, de acuerdo?
  • Genial, espero tu llamada. Me encantó verte. Y estás estupenda.
  • Oye, tú también. Te llamo entonces.

Dos besos y un abrazo ligero dieron al traste con los planes de doña Coincidencia.

"The best is jet to come" no es la frase buena, sino su viceversa: "Lo mejor ha pasado".

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pd. Estoy arrebatada, que me voy a Helsinki y después a Tallinn. Me marcho con un grupo de mujeres estupendas y maravillosas. Serán muy pocos días pero intensos. Prometo contaros.

15 de mayo de 2006

donpepito

Oleo de Victor Serrano

Dentro de un millón de años todos andaremos hacia atrás y nuestro futuro será recordar el pasado, porque dentro de novecientos mil años, donpepito pensará que el camino se hace con las piedras que antes hemos pisado.

Mientras tanto, todos tranquilos, donpepito llegará a nacer.

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7 de mayo de 2006

La fantasía de Jandro en el jardín secreto

Nadie sabe que en el hueco de la escalera de aquel viejo portal hay una puerta que oculta un maravilloso y destartalado jardín. Tampoco hay llave que gire ningún tambor, ni portero que escuche música en la radio. Hay un niño que se llama Jandro, que va a un colegio donde rezan el "ángelus" a las doce del mediodía y le dan reglazos en la palma de la mano cuando se limpia los mocos con las mangas del jersey.
Jandro no es nadie; es por eso que sabe de la puerta, y cada domingo antes de comer, se acerca a la casa de la calle de la Cuesta. Una casa muy antigua, más antigua que su padre; dice su madre que tiene una fachada muy elegante, tan elegante que el cierre del portal es un auténtico encaje metálico.
A Jandro no le importan esas tonterías. Lo que a él de verdad le obsesiona es lo que está detrás, lo que la casa oculta.
El sol hace daño a esta hora del día; camina despacio para que nadie lo vea (aunque ya sabe que cuando se es niño y no se alborota demasiado, los mayores no se enteran de que existes), entra en el portal, abre la puerta y... ahí está: una maraña de plantas, verdes, muy verdes, exageradamente verdes, y altas, muy altas, lo cubre todo, las paredes, el suelo y hasta el sol; allí no llega el sol. Lo que debieran haber sido parterres, son ahora un batiburrillo de piedras, musgo y hojas huyendo descontroladas; el camino que pudo ser de gravilla, es ahora un asqueroso barro verdoso con el adorno insólito de una piedrecilla de cuando en cuando. El lugar es siniestro, no cabe duda, pero el corazón de Jandro no late de terror, sino de emoción. Ha recorrido la mitad del jardín; está a punto de llegar a su meta, a su secreto, a su fantasía. Aparta las hojas desmayadas de una morera péndula que resiste el ataque de las sombras, y en el centro de todo aquel verdor, aparece un velero.
¡Un velero en medio de un jardín!
Un pequeño balandro de no más de tres metros de eslora y un sólo palo que aún se mantenía en pie buscando desesperado una confabulación con el sol para sobrevivir entre aquel mar de plantas que intentaban doblegarle.
Y allí, dentro de aquel reducido paraíso, allí se encarama Jandro y se imagina un respetado capitán de navío, un conquistador de nuevos mundos, un Hernán Cortés cualquiera, como el que había visto en la tapa del libro de historia del cole.
Quiere dejar de ser nadie; que le vean, le escuchen, le atiendan, le hagan caso.
Jandro pensaba que si no se convertía en alguien como Hernán Cortés, los mayores seguirían creyendo que no había nadie cuando él estaba delante.
No sabía, entonces, que tan sólo tenía que dejar pasar los años para ser atendido, para ser alguien, para ser mayor. Y aun entonces, ninguno de los otros alguien, pudo explicarle qué hacía un velero en medio de un jardín secreto.

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El velero es el cine particular en la infancia de cada uno; ese que nos permite fantasear y planear grandes hazañas en nuestra vida; ese que olvidamos cuando nos hacemos mayores y que un buen día recordamos por una reseña en el periódico que dice "El día... el cine... cerrará sus puertas definitivamente...", y entonces quisiéramos haber seguido siendo nadie.

Este cuento es mi pequeño homenaje a nuestro gijonés cine "Hernán Cortés": se inauguró el 6/04/1958 con el estreno de la película "Fantasía" de Walt Disney; el 4/12/1964 pasaron la película "Jandro", rodada en Asturias por Julio Coll; y finalmente el 31/03/1994 se proyectó la película "El jardín secreto" del asturiano Carlos Suárez, cerrando ese mismo día las puertas para siempre esta popular sala cinematográfica.
Un apunte más: no han derribado el edificio para construir un banco (típico hace unos pocos años); han reformado completamente su interior y ahora es el Casino de Asturias. ¿?


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2 de mayo de 2006

Las margaritas son blancas

Las margaritas son de
Amor entintado


(Fijaos en la mosca, es
muy sugerente...)

Es difícil mostrar,
pero más aun
saber lo que
puedes mostrar.



¿Me lo cuento a mí misma
o es a vosotros que debo mostrarme?

Desde todas mis margaritas
el valle en el que habito
se ha hecho más pequeño
pero aquella montaña
que servía de linde
a mis sueños despiertos
es cada vez más alta.

Poco falta para que
las margaritas ya no sean mías.
El blanco, morirá con ellas.
No me preguntéis cómo
yo responderé: negro.



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27 de abril de 2006

Anecdotario de curiosidades (II)





Litografía de Francisco Zúñiga

(Creo... que no es mi caso...,
no suelo mentir, lo juro)











No puedo obviarlo como un hecho puntual y aislado que no merezca la pena contar. Ya no.
No solía hacer uso de la sala de lectura de la Biblioteca Jovellanos, hasta hace unos dos meses en que comencé a acudir en la hora mañanera-laboral del café. Para los que no estén enterados, la Biblioteca Jovellanos se encuentra, aquí en Gijón, en el edificio del antiguo Banco de España, cuyo tercer piso alberga la sala de lectura y consulta, lugar donde transcurren mis treinta minutos de asueto legalmente establecido. A la entrada principal se accede por una escalinata de siete peldaños después de sortear dos columnas de sendos capiteles jónicos. En su parte trasera, el edificio posee una rampa que llega a una puerta de entrada que siempre está cerrada. Ni se me ocurre cuantas complicaciones más puedan tener los minusválidos. Eso sí, en la zona noble (esto es la parte de delante) y una vez en el interior, tienes un ascensor última generación, visible mucho antes de que adviertas la puerta que da acceso a la escalera que comunica los tres pisos.
Pues bien, en una de mis primeras visitas observé a una jovencita esperando la llegada de la máquina elevadora mientras yo charlaba con un amigo que hacía tiempo no veía. El ascensor, por lo visto, o estaba estropeado o había sido retenido por otro usuario en uno de los pisos superiores. El caso es que, mientras duró la conversación con mi amigo sobre la excelencia de los tiempos pasados, la joven esperó y esperó y esperó a que llegara su salvador. Par de besos en mis mejillas, par de besos en las de mi amigo y subo por la escalera los dos pisos que me separaban de mi media hora de placer literario. LLego al tercer piso, y justo en el instante en que paso delante de la puerta del ascensor, previa a la entrada en la sala, la puerta de éste se abre con mecanismo de hipermercado, banco o terminal de aeropuerto, y aparece fragante, fresca, lozana, hermosa, joven y radiante, la muchacha que había dejado esperando en la planta baja por una máquina que evitase la pérdida de esa fragancia, frescura, lozanía, hermosura y juventud. Está demás decir que en el mismo momento yo mostraba un incipiente sofocón de gimnasio (ni se os ocurra pensar en otro tipo de sofoco) y principios de tembleque en las piernas.
Aquel día, aquel primer día en que constaté la contradicción de los hechos: -la escalera para mí, el ascensor para ella-, no le di importancia a lo que había visto. Estaba ante una casualidad, una situación accidental que nada tenía que ver con la razón y las buenas costumbres.
Pero no estoy relatando los hechos de un día aislado, no. Los días se repitieron y la situación también; el único cambio a mencionar fue la cara de la muchacha, -no es que se hiciera una cirugía facial de cada vez, sino que era una chica distinta cada día-. Y es ahora, al cabo de estos dos meses, que he tomado la decisión de contarlo, de asegurar que no se trata de una historia aislada, de confirmar que la señora talluda que no está para muchos trotes sube la escalera a toda pastilla, y la lozana y fresca jovencita, espera hasta lo indecible para que una máquina transporte su cuerpo apenas usado -al menos para estos menesteres...-.
¿A qué conclusión he llegado?
No sabría decir. En todo caso, que nos pasamos la vida haciendo las cosas al contrario de lo que la naturaleza nos pide. Si somos jóvenes, deseamos ser mayores, y... viceversa.

24 de abril de 2006

Ponderar ponderadamente


Tablero de ajedrez imposible
- SANDRO DEL PRETE -

Este artista suizo decía:
"Todo lo que vemos puede
verse de otra manera"










El texto que váis a leer a continuación está cargado de osadía en sus dos acepciones: soy atrevida y audaz al escribir sobre algo en lo que no soy la más ducha ni la menos, o sea no soy, y sí soy insolente y descarada por atreverme a desmitificar a un dios de la literatura.
Por otro lado, un hombre al que admiro y respeto mucho, está arrobado con Jorge Luis Borges. Para J.A., la literatura de Borges es la perfección absoluta y por supuesto, lo presenta siempre como paradigma del buen oficio sumado a una gran inteligencia -mejor viceversa-.
Hace unos días nos mostró el excelente hacer del argentino en el uso del adjetivo, y como ejemplo leyó los dos sonetos sobre el ajedrez , que pertenecen al poemario "El hacedor".No es preciso añadir que son dos joyas literarias, sobre manera el segundo.
Pues bien, tanto y tanto se nos ponderaron los epítetos que el poeta aplicó a las piezas del ajedrez, que en demostración de la osadía de la que os hablaba al principio voy a rebatir esa idea con la esperanza de que seáis benevolentes cuando os percatéis de que "critico a Borges".
Cuelgo los sonetos para tener la referencia a mano.

AJEDREZ (I)

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

AJEDREZ (II)

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
del polvo y tiempo y sueño y agonías?

Comienzo, pues, la crítica:

Tenue rey: ¿Es el rey delicado o débil? o acaso ¿tiene poco valor o importancia? Que todas sus figuras se dediquen a defenderlo no implica necesariamente una debilidad, ¿o sí? y no podemos aplicarle la segunda acepción porque en toda partida el botín que declara el fin de la guerra es el rey. ¿El rey tenue? Nada de eso, el rey es lo más importante en el tablero. Parece débil porque todos le protegen: no olvidemos que si él muere, sus piezas seguirán el mismo camino. El mismo Borges dice que "el rey está destinado a ser vencido" y sugiere el símbolo del matriarcado por la fuerza de la reina; sin embargo, hemos de admitir que toda la fuerza de la reina se acaba si vencen a su rey.
Parece que este primer adjetivo, aplicado al rey, no es tan perfecto.

Rey postrero: Está clara su posición en el tablero. Detrás de todos, el último. Pero cuando se habla del último de algo, yo al menos, veo una fila y en el último lugar al "postrero"; si hablamos de un "rey postrero", no puedo evitar el visualizar una fila de reyes y a nuestro protagonista colocado al final. Este, nuestro rey, no es postrero. Está bajo el manto de, protegido por, defendido por, resguardado entre..., en fin, cualquier cosa menos situarlo en el último lugar. Me suena despectivo y ¡caray! rey con futuro incierto pero rey al fin y al cabo; no le designemos como "el último mono".

Encarnizada reina: Lo rechazo absolutamente. Si lo aplícasemos a la partida (batalla) en sí misma, sería más adecuado, perfecto incluso, pero la reina no se irrita ni se enfurece; la reina mata con frialdad espantosa para defender a su rey.

Armada reina: Volvemos a la dama. ¿Armada porque posee más armas que las otras piezas? Efectivamente tiene más armas, pero esta afirmación nos llevaría a llamarla "muy armada" reina, o "armadísima" reina, pero no sólo "armada", pues el peón está "armado", y el alfil, la torre, el caballo y el rey, también están "armados". No veo exclusividad en este adjetivo para nuestra reina.

Sesgo/Oblicuo alfil: Cualidades tan evidentes en el tablero que parece redundante mencionarlas. Está bien, no cabe duda, pero no para una ponderación exagerada.

Ligero caballo: ¿Ligero como rápido? Será tan rápido como los reflejos de la mano que lo mueve ¿Ligero como leve, etéreo, liviano? Un caballo transmite fuerza, poder, contundencia. Luego tan sólo es ligero porque salta por encima de las otras figuras para capturar y aplastar a su enemigo. No es esta la cualidad que mejor define al caballo, a mi modo de ver.

Torre directa: Pues sí. No es oblicua, ni saltarina, ni se inclina a cualquier lado veleidosamente. Efectivamente es directa. Vaya, el día que descubrió el adjetivo en cuestión, Borges descansó.

Torre homérica: ¡Maravilloso! No puedo ponerle pegas. Si el poeta quería recordarnos el carácter épico de la partida de ajedrez, no pudo encontrar una palabra con más solera, prestancia, categoría y hasta belleza. No hay más que añadir a tal acierto.

Peón ladino: ¡Hombre! Pueden ser ladinos, pero ¿a qué nos recuerdan en primer lugar los peones de ajedrez?: a la infantería de un ejército, por supuesto. Y los soldados de infantería podrán, en algunos casos, abatir a su oponente, pero si fuesen astutos, taimados, ladinos, no encontrarían el fin que les espera. Los peones negros son la carne del cañón de las piezas blancas y los peones blancos la carne del cañón de las piezas negras.
Afirmo que no es un adjetivo completo, adecuado.

Peones agresores: La agresión tiene como fin hacer daño. El peón no hace daño, el peón elimina, mata, aplasta, arrolla, abate, en suma, se deshace del enemigo sin otras pretensiones dañinas y ya está.



Llegados a este momento y hasta las narices de esta pesada lectura, os habréis preguntado por qué yo no doy alternativas a los adjetivos de Borges... Es evidente no? jejeje. Una no da pa más. A la crítica destructiva todavía llego pero la constructiva me queda grande como a todo comentarista mediocre que se precie.
Es preciso, por lo tanto, aclarar que con esta crítica he querido rendir homenaje a un monstruo de la literatura y por ende a un poeta-profesor y músico frustrado que vive con intensidad sus profesiones-aficiones.

¡VA POR ELLOS!

Tan sólo una cosa más: llamada de atención al título: "Ponderemos" cuando la obra lo merezca pero "ponderadamente" por favor, no endiosemos a los hombres por muy genios que sean.



22 de abril de 2006

Blanca, queremos un blog tuyo




En el comienzo de la década de los setenta, oí por primera vez esta frase: "¡Julio, queremos un hijo tuyo!. La decían a voz en grito, masas enfervorizadas de quinceañeras (y sus madres también) en los conciertos de Julio Iglesias.
Unos años más tarde, al final de la misma década, se oyó en manifestaciones, mítines y demás actos políticos que inauguraban nuestra recién nacida democracia, pero en esta ocasión el nombre había cambiado, el grito decía: ¡Felipe, queremos un hijo tuyo!. Es obvio decir que la masa gritona se formó, esta vez, con mujeres de todas las edades aunque de una determinada tendencia política, claro.
Bien, ¿qué explicación daríamos a este deseo enfervorizado de la masa femenina?
¡Qué coño, ninguna! No nos interesa para nada explicar los motivos de aquellas mujeres que gritaban enloquecidas porque admiraban a un hombre. Pero sí quiero quedarme con la idea de tener algo, de la persona a la que admiras, y además pedírselo, clamárselo a voz en grito.
Hoy he pensado en la cantidad de blogs que entre todos estamos abriendo, en la gran variedad de personas que los hacemos: unos escriben comentarios, pensamientos, otros hacen poesía, otros relatos, otros muestran sus artísticos trabajos con el maravilloso invento de la cámara digital. Como sabréis muchos de los que visitáis este blog, tengo tres links que utilizan este medio para enseñarnos su arte fotográfico: el mundo de gaia, blog da cave y mas allá de la mirada.
Pues bien, quiero pedirle a voz en grito, a una persona a la que admiro mucho, que es la fotógrafa oficial de nuestra tertulia cultural del jueves, que hace unas fotos que te cagas, que nos quita las arrugas, nos hace más delgadas y nos coloca fondos primaverales donde sólo había días nublados, a esa persona que nos aguanta, que nos sitúa, que nos organiza viajes, que se acuesta con la agencia de viajes y se levanta con la impresora, a ella, a Blanca, mi amiga, mi prima, quiero pedirle que nos enseñe sus fotos extraordinarias, que no puede tenerlas guardadas, que sí, que BLANCA, QUEREMOS UN BLOG TUYO.

Las dos muestras que os he dejado arriba son nimiedades. ¡Veréis -espero- su arte... !

17 de abril de 2006

Anecdotario de curiosidades (I)

Nos movemos a golpe de tarjeta. Es un hecho constatado.
Entre otras muchas, yo utilizo la tarjeta de transporte para el bus que me lleva al trabajo, -los días que no voy andando, pues vivo en una ciudad en la que puedo permitirme ese lujo-.
Esta mañana comprobé que me quedaba un saldo de cincuenta céntimos, por lo que me fuí a recargar la tarjeta en uno de los cajeros automáticos instalados por el Ayuntamiento para estos fines.
Estaba yo en los preliminares del toqueteo a la pantalla cuando compruebo que le ha salido un bucle, prolegómeno de melena de Ronaldinho:
  • Pulse la pantalla para continuar
  • Servicio de pagos o Recarga de tarjetas
  • Ayuntamiento de Gijón
  • Pulse la pantalla para continuar
  • Servicio de pagos o Recarga de Tarjetas
  • ...
  • ...

y así bucleando, bucleando, me dirijo al conserje para pedir información sobre la avería del cajero.

- Perdone, ¿no funciona el cajero?

Arqueo de cejas del individuo.

- Verá, estoy intentando... y no puedo..., ¿sabe usted que puede ocurrir?

Arqueo de cejas y pasos para acercarse, del individuo.

- Mire, compruébelo usted mismo.

Yo, pulso en el medio de la pantalla. El, pulsa exactamente en la línea donde dice: "pulsar para continuar" y exhibe una media sonrisa de superioridad informática sobre señora inferior informáticamente hablando (o más... pero no quiero pensarlo). El bucle adquiere visos de melena.

- ¿No le parece que está estropeado?

Arqueo de cejas y sonrisa desaparecida en el individuo.

- Bien, ¿lo intentamos de nuevo?

Arqueo de cejas sin expresión en el individuo, tal vez por las confianzas que yo estaba tomando.

En este punto y derrotada por la batalla dialéctica unilateral, vomité un: "Adios, buenos días señor y muchas gracias"

... los lingüistas machacándose los sesos y no se han enterado que hay idiomas cuya semántica se transmite a través de un signo y medio. Esto es, un arqueo de cejas y media sonrisa... ¡Pobre individuo! o ¿Pobres lingüistas?

12 de abril de 2006

Emunah

SIN ABANDONAR

Respiré gotas de lluvia que flotaban en el aire,
recordé piedras frías, miradas ardientes, día extraño.
No se perdió el mar al fondo de la atalaya
porque las olas regresaron cada mañana para besarme.
Ahora nieva lentamente sobre la nieve del alma;
la blancura fría de esta sábana cubrirá el sentimiento
(me gusta esta razón: el frío conserva).

Llegaré a ser para ti emunah:
lo que aguanta,
lo que permite construir encima,
lo que no se olvida,
la roca.
La verdad.

***********

No recuerdo dónde vi por primera vez esta palabra: "emunah"; sin embargo, sí estoy segura de que hubo un flechazo (al menos unilateral; nunca le he preguntado si ella sintió lo mismo). Me pareció absolutamente maravillosa.
Probad a pronunciarla en voz alta teniendo mucho cuidado de aspirar la "h" al final tal que si fuera una "j" suave. Es como si no se acabase nunca. Como si nos hubiésemos topado con un conjunto de letras tan integradas entre sí que diesen lugar a un deletreo infinito (tal vez exagere: perdonadme la pasión...).
Se trata de un término del lenguaje hebreo cuyo significado tiene que ver con la fidelidad, seguridad, continuidad, constancia, verdad. Llegando un poco más allá, "emunah" es la "fe" de los hebreos; es "la verdad", en el sentido de que es cierto lo que se espera que sea cierto.
Es posible que el resumen final de mi poema desvirtúe o desvíe un tanto, el significado real de la palabra, pero no podemos olvidar que "la verdad" es grande, resistente, segura, eterna y, por supuesto, sólida, dura, pétrea.
¿Os habéis dado cuenta de las cualidades que asigno a "la verdad"?
Son similares, si no idénticas, a las de la mayoría de los conceptos abstractos, en su grado de perfección y no en el que estamos acostumbrados a percibir: el amor, la amistad, el honor, la fidelidad...
¿Será que el pensamiento es un fractal infinito de sentimientos con un orígen común: el hombre?

En fin, como véis, yo sí que fractaleo en mis reflexiones. He empezado por darle sentido a un poema y acabo soltando una pregunta maquiavélica que no hay quién coño entienda y menos quién la responda.

Lo único que venía a decir es que una historia de amor es verdadera cuando crees en ella.

4 de abril de 2006

Vergüenza descarada

La Vergüenza tiene muchas caras.
Puede ser ajena; y entonces sentimos en nuestras carnes lo que otro debería sufrir; casi siempre por un hecho o actuación puntual y concreto; sin el menor atisbo de ridículo en la persona protagonista porque nosotros lo hemos absorbido todo, de ahí el concepto de "ajena".
En algunos casos, nos vestimos de luces, doblamos muleta al brazo y gastamos una vergüenza torera. Dejamos el egoísmo en el callejón y salimos al coso para cumplir con una obligación que nada tiene que ver con la devoción (perdonad las prosaicas rimas).
¿Y cuando la vergüenza se convierte en asesina? Entonces nos moriremos por miedo a pasar un ridículo similar al de otro (el de arriba). En particular y sobremanera, si una jauría de ojos te rodea y lanza miradas tan criminales que acabas "muerto de vergüenza".
Llegado el caso, que es éste, podría inventar un adjetivo para nuestra invitada. Bien pudiéramos hablar de una verguenza descarada. Aquella que padeces con orgullo. La sientes, pero no te arrepientes de ello.
Tiene que ver un poco con el desfase de los tiempos. La moda no atañe sólo a la manera de vestir; también a la manera de hablar, de pensar, de votar, de viajar, de leer. Este último caso es muy curioso, porque lo razonable sería presumir de leer mucho, clásico, actual, de cualquier estilo, literario, social, político, económico, en fin, que sería de recibo alardear de un deseo plausible de cultura. Pues no. Has de tener cuidado en lo que se lee, a quién se lee y en qué tiempo vives, para que la elección de tus lecturas sea la correcta.
Hace unos meses, mi hija me recomendó una lectura: "El miedo a la democracia" de Noam Chomsky; ella lo había leído y como aún no se relaciona con "escepticismo", está encantada con la ideología del lingüista-filósofo-ensayista, de profesión "rebelde". Teniendo en cuenta los cinco o seis libros que siempre tengo rondándome, y que la poesía me atrae más que cualquier análisis histórico-político, hasta la semana pasada no he puesto en el montón de lectura diaria, el ensayo de Chomsky.
Pues bien, llega el momento de comentar mis lecturas, de llevar el libro al café para aprovechar el tiempo, en la reunión de turno ponerlo junto al resto de papeles o junto al último poemario de Caballero Bonald; da lo mismo, lo importante es que hubo una persona que al enterarse de mi elección, me tildó de snobista de izquierdas, out, intelectualoide obsoleta; sólo le faltó decirme que voy camino de política idealista con aspiraciones de adolescente. Y me hizo sentir mal, de veras, me hizo pasar vergüenza. Pero, he de reconocer que el rubor duró un instante, un instante tan corto (valga la redundancia) que la vergüenza se transformó en orgullo y como la contradicción era tan evidente decidí llamarla "vergüenza descarada".
Me siento orgullosa de pasar "vergüenza"; de tener, todavía, fe en que una persona se dedique a escribir, aunque sea teorizando, sobre lo que debería ser el mundo y lo que realmente es.

31 de marzo de 2006

No hay explicación

¿Qué sentimiento es éste, que no me deja razonar?
Ayer escuché, en una voz encandilada, cómo los clásicos veían la muerte a la vuelta de la esquina de cada año vivido. Y todos sabemos que es así. Unos sienten pánico, terror, temor a esa idea tan cruelmente natural. Otros aceptamos esa naturalidad sin dolor, aunque siempre en primera persona. Porque, cuando la visita de ese espectro de manto gris y rostro de calavera visita otro cuerpo, el sufrimiento se hace patente. Y no por la crueldad que puede arremeter contra nuestras almas, no; sino por la impotencia que sentimos ante lo irremediable. No podemos hacer nada, no sabemos hacer nada, nada de lo que hacemos sirve, nada de lo que hacemos ayuda, nada de lo que hacemos cambiará el destino escrito.
Y el tiempo transcurre.
Y Quevedo decía: "En el hoy y mañana y ayer, junto pañales y mortaja, y he quedado presentes sucesiones de difunto". Y es cierto; vivimos esperando la muerte. La vida es una larga agonía, disimulada de cuando en cuando con unas dosis de morfina risueña, que finaliza con la liberación de la muerte.
Pero una cabeza que razona ¿dónde queda cuando el sentimiento acuchilla las neuronas?
Sentimientos y razón, enfrentados en una lucha que es la esencia de la vida y la muerte. La una sin la otra no serían explicables.
Y, sin embargo, ella se muere, y yo, quisiera poder explicarlo.

19 de marzo de 2006

Sigo la corriente

Pues sí; la sigo, o más bien me dejo llevar por la última corriente en tendencias mediáticas individuales: infectar la red con el virus del blog. No obstante, habrá de tenerse en cuenta que, en este caso, los infectados aceptan con agrado la enfermedad que pueda provocarles tan globalizador visitante.

Y hago ésto -publicar mis ideas-, con el fin de espabilar a las palabras; ponerles un despertador estruendoso; sacarlas de paseo y soltarles la correa para que tropiecen y ellas solitas se levanten; tal vez, y en un momento concreto, darles un azote cuando se pasen de la raya; pero nunca, nunca, dejar que se duerman. Porque ya sabéis lo que dice el lema de este blog: "... si acunas demasiado, todo llega a dormirse".

A todos los que lleguéis a entrar en este sitio: Bienvenidos; decid lo que queráis y si no os sentís a gusto, no os quedéis por compromiso.

Un chin-chin por las palabras que cada uno lleva en su boca.