El orgullo dispone de femorales y gemelos de repuesto para que no nos derrumbemos en esos momentos en que todo falla, en que la tierra se vuelve arena movediza, el aire es un tornado y algunas gentes tornan en carnívora marabunta.
El orgullo nos sostiene; más que sostener nos da alas, nos eleva a planos superiores donde somos superhéroes capaces de vencer a la pobreza de espíritu.
El orgullo nos hace fuertes, pero el orgullo no nos impide sufrir.
29 de noviembre de 2006
27 de noviembre de 2006
Noviembre
No niega el mes mi ser
en su negado nombre.
Como abogado vago
hace uso del artículo catorce
y me enseña un manual
cada año más grueso.
Lo uso lentamente
para atesorar páginas
repletas de señales
que me hablan entre risas,
sarcásticas e irónicas,
sobre años tan efímeros
como abrir y cerrar
los ojos ante el sol.
Es lenta mi ojeada
mas rápida la imágen,
tanto,
que al entornar los párpados
veo un noviembre de uniforme y trenzas
y otro de faldas cortas-largos besos.
Al abrirlos de nuevo
el mes tiene dos niños, una línea
y una huella que hiere la memoria.
Son muchos los noviembres
y una vida muy corta.
.
en su negado nombre.
Como abogado vago
hace uso del artículo catorce
y me enseña un manual
cada año más grueso.
Lo uso lentamente
para atesorar páginas
repletas de señales
que me hablan entre risas,
sarcásticas e irónicas,
sobre años tan efímeros
como abrir y cerrar
los ojos ante el sol.
Es lenta mi ojeada
mas rápida la imágen,
tanto,
que al entornar los párpados
veo un noviembre de uniforme y trenzas
y otro de faldas cortas-largos besos.
Al abrirlos de nuevo
el mes tiene dos niños, una línea
y una huella que hiere la memoria.
Son muchos los noviembres
y una vida muy corta.
.
22 de noviembre de 2006
Sino, Destino o Gato negro

Catcat de Tom Wessellman
Un gato negro cruzaba la calle
Una gran ave blanca llegó del mar
Un abrazo cerraba el paraíso
Unas palabras paseaban solas
Unos hielos volcánicos llegaban
Unas piernas de seda cabalgaban
Un llanto frío desgarraba el alma
Un triste no tragaba con ansia un sí
Una mano abría el paraíso
Unos labios curaban las heridas
Una noche perdía el tren al día
Un silencio nadaba entre dos lenguas
Una gran ave blanca voló al este
Un gato negro cruzaba la calle
.
12 de noviembre de 2006
Desayuno con diamantes

Una sola gota de agua
hace llorar al vaso.
Una sola y pequeña estrella en la noche
gesta una gran estrella en el día.
Un solo grano de arena
acuchilla la mirada.
Una sola mano
cierra la caja de Pandora.
Una sola palabra
hace palpitar el pétalo.
Érase una vez
un vaso medio lleno
en una casa
con techo de cristal;
donde la lluvia era piedra
y la tormenta de cartón.
Érase una vez
un búcaro dorado
repleto de razones húmedas,
donde las canciones tenían garras
y los poemas sonrojaban. Mas
Una sola gota de agua
hace llorar al vaso.
Una sola y pequeña estrella en la noche
gesta una gran estrella en el día.
Un solo grano de arena
acuchilla la mirada.
Una sola mano
cierra la caja de Pandora.
Una sola palabra
hace palpitar el pétalo.
.
25 de octubre de 2006
Despertar antes o después de soñar

La pintura es de Conchi Marquez
Abrazada por dos metros de sábana blanca, sueño con un estanque repleto de lotos blancos.
Estoy desnuda. El cabello mojado cae en guedejas sobre mi cara ocultando una expresión seductora de media sonrisa que intenta seducir a nadie. Sentada en el borde, agito los pies en el agua para mitigar el temblor que sacude mi cuerpo. Con hilos húmedos hago un bodoque azul en la alfombra blanca. No hay nadie alrededor. Un silencio ruidoso. El aire susurra una nana al aire. El agua ahoga un suspiro de flor. Los blancos lotos frotan sus manos blancas. No hay nadie alrededor. Justo enfrente de mí, al final de una senda flanqueada por unos parterres de gardenias blancas, hay una gran casa, toda de mármol. Abandono el agua y camino hacia ella. Mis pies desnudos sufren las afiladas caricias de miles de piedrecillas blancas. Siento respigos, como miles de hormigas desquiciadas, bajo la piel. Entro en la casa que está completamente vacía. Todas las paredes de mármol blanco. Subo al primer piso en el que sólo hay una ventana que ilumina un gran salón. Abro la ventana y veo dos metros de sábana blanca. No hay nada. Sólo dos metros de sábana blanca. Sujeto con la mano la tela de algodón y tiro hacia dentro. El paisaje aparece entonces nítido. Ha despertado un sol de plata en mi ventana. Una sonrisa. Unos ojos verdes. Dos manos que entrelazan las mías. Unas palabras: no cierres la ventana.
Continúo abrazada por setenta centímetros de brazo. No sé dónde está la sábana. Escucho unas palabras dirigidas al comienzo de mi pensamiento: "no me cierres el alma".
.
18 de octubre de 2006
Destrucción
"Nada se destruye, todo se transforma",
canta Jorge Drexler en una de sus canciones; ese cantante al que le dieron un oscar pero le prohibieron cantar su canción, y aun así cantó.
También lo dijeron otros en sesudos libros. Y lo veo a diario en mis bolsas de basura reciclada.
Hasta existen empresas dedicadas a la recuperación de pieles casi a punto de ajado extremo.
Pero mejor experimentar la teoría en esa sonrisa de una amistad que creía perdida. En la sentencia de mi padre -muerto hace muchos ocasos- a la que recurro a menudo. En el brillo de esa mañana en la que dejo atrás las sombras que atoraban mi cansado corazón. En esa palabra de color verde esperanza con la que un político raro me devuelve la fe en el hombre y su política. En el amor destruído por mi imaginación, al que nunca di pábulo de realidad y que en uno de esos instantes lúcidos, que raras veces poseo, muestra una pasión tan auténtica, tan vigente, que no puede concebir su no-existencia.
Nada se destruye, todo se transforma.
"Dedicado a todos esos ENCADENADOS que me acompañan en la ausencia"
.
canta Jorge Drexler en una de sus canciones; ese cantante al que le dieron un oscar pero le prohibieron cantar su canción, y aun así cantó.
También lo dijeron otros en sesudos libros. Y lo veo a diario en mis bolsas de basura reciclada.
Hasta existen empresas dedicadas a la recuperación de pieles casi a punto de ajado extremo.
Pero mejor experimentar la teoría en esa sonrisa de una amistad que creía perdida. En la sentencia de mi padre -muerto hace muchos ocasos- a la que recurro a menudo. En el brillo de esa mañana en la que dejo atrás las sombras que atoraban mi cansado corazón. En esa palabra de color verde esperanza con la que un político raro me devuelve la fe en el hombre y su política. En el amor destruído por mi imaginación, al que nunca di pábulo de realidad y que en uno de esos instantes lúcidos, que raras veces poseo, muestra una pasión tan auténtica, tan vigente, que no puede concebir su no-existencia.
Nada se destruye, todo se transforma.
"Dedicado a todos esos ENCADENADOS que me acompañan en la ausencia"
.
24 de septiembre de 2006
LUZ OSCURA

Foto de Aires Abiertos
En el fondo oscuro de un espeso bosque se encuentra una casa pequeña. Está hecha de piedra y pizarra, madera y cristal. Tiene un porche a la entrada, protegido por una barandilla de madera, con un solo banco alargado situado justo debajo de una de las ventanas. Un abeto centenario actúa de guardaespaldas. La luz es escasa durante todo el día y al caer la tarde, desaparece por completo. Ni siquiera la luna llena consigue atravesar la maraña de verde frondoso para llegar al reino duro y peleón del sotobosque.
Nadie quiere acercarse al lugar. El miedo a lo desconocido se aloja allí desde hace tiempo.
Sin embargo, todos los días, cuando la oscuridad ciñe su corona de azabache, una de las ventanas de la casa se ilumina.
Si se pudiese digitalizar la imaginación se vería una mancha blanca y brillante sobre fondo negro, o la estrella polar fugitiva del negro cielo, o un faro para navegantes perdidos, o un cirio en el templo de los creyentes, o tal vez, una lámpara de aceite encendida en la posada del camino.
Tan sólo son unas manos dulces, con olor a hierbabuena y el color de la ternura, las que pintan un paisaje imposible: la historia de amor entre la noche y el día.
Pero nadie quiere acercarse al lugar por miedo a lo desconocido y nadie verá el paisaje ni conocerá las manos que lo pintan.
.
15 de septiembre de 2006
Enigma

Carboncillo de
Sandra Pérez
Quisiera ser enigma
y no recuerdo.
Ser un cristal ahumado
que muestra la silueta
y esconde la piel,
el jeroglífico dibujado
en la portada de un libro de historia,
una de las agujas
del reloj muerto
de una torre emblemática.
Ser, en fin, un objeto
necesario e inútil:
sirve sin usar,
se usa sin utilizar.
Quisiera ser enigma
y no saber mi respuesta.
.
10 de septiembre de 2006
Granos de arena
.
Camino por la playa
cuando se consuma esa su querencia
por ser un gran desierto.
Así, pienso en el morboso atractivo
de una soledad vieja.
Veo la escoria del tiempo en la arena:
una huella,
una colilla,
una caracola,
un madero,
una bolsa de plástico.
Así, imagino historias
de aquellos que estuvieron también solos,
que grabaron sus penas en la arena,
quemaron una historia de amor light,
se envolvieron con olas de mar falsas,
levantaron futuros
con pedazos de naufragios pasados,
fueron sicarios del hombre que, lento,
planea la destrucción de su casa.
Cuando veo ese tiempo
de arena derramado,
comprendo que los hombres
nunca han estado solos:
"Nadie es una isla
completo en sí mismo;
cada hombre es un pedazo del continente,
una parte de la tierra...".
Somos granos de arena en una playa:
uno a uno en soledad unidos.
.
Camino por la playa
cuando se consuma esa su querencia
por ser un gran desierto.
Así, pienso en el morboso atractivo
de una soledad vieja.
Veo la escoria del tiempo en la arena:
una huella,
una colilla,
una caracola,
un madero,
una bolsa de plástico.
Así, imagino historias
de aquellos que estuvieron también solos,
que grabaron sus penas en la arena,
quemaron una historia de amor light,
se envolvieron con olas de mar falsas,
levantaron futuros
con pedazos de naufragios pasados,
fueron sicarios del hombre que, lento,
planea la destrucción de su casa.
Cuando veo ese tiempo
de arena derramado,
comprendo que los hombres
nunca han estado solos:
"Nadie es una isla
completo en sí mismo;
cada hombre es un pedazo del continente,
una parte de la tierra...".
Somos granos de arena en una playa:
uno a uno en soledad unidos.
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6 de septiembre de 2006
Inevitable

Foto de el peatón
Los días que poseo
-cada vez más-
ponen reja y candado
a todos mis sentidos.
No podré disfrutar
al cabalgar las aguas
del cañón colorado;
ni gozar libremente
de una caída libre
con ala de nylon
desde un ave de acero;
ni abrazar una rosa
sin temor a la espina
que en mis dos manos abra
dos heridas sin sangre;
ni mirar anaqueles
de tesoros escritos
sin gozar de la vista
de una daga clavada
en el núcleo del tiempo.
Los días que poseo
ponen reja y candado
a todos mis sentidos
pero no evitarán
que siempre sienta
amor por ese amor
que no poseo.
.
31 de agosto de 2006
Anecdotario de curiosidades (IV)
Regreso de la tranquila historia de los tiempos no escritos (visita al Museo Arqueológico) a la historia estresante de las telecomunicaciones en fibras ópticas.
Sujeto las bridas a esta carrera desenfrenada, sentándome en una terraza bajo la sombra de unos venerables tilos.
Mientras acaricio el paladar con una caña de cerveza, recibo la visita de tres gorriones. Dejo mi lectura para observarlos. Permanecen saltando, mas bien botando, en el borde de la mesa. Uno de ellos dirige su pico hacia mí, abriéndolo y cerrándolo en actitud conversadora, imagino yo. Le concedo una sonrisa cómplice y parece que esto le da la confianza suficiente para acercarse a saltitos juguetones al plato de patatitas que el camarero había dejado como aperitivo. -Los otros dos, se mantienen vigilantes y al acecho de su maniobra-. Coquetea con dos o tres patatas y engancha una de ellas con rapidez al tiempo que, en una suerte de engaño, levanta el vuelo para aterrizar al pie de uno de los tilos que flanquean mi mesa.
Cuando el confiado gorrión se disponía a dar cuenta de su botín, sus dos compañeros imitaron su trayectoria y se le acercaron frontalmente, atacándole pico a pico hasta dejarle sin patata. En una milésima de segundo fue derrotado. Tal vez, pensé, porque el encantador gorrión de esta historia evitó entrar en la batalla. Le gustaba más el diálogo. Conmigo se había entendido bien. Pidió y yo le concedí.
Se quedó triste y abatido, mirando el tronco del árbol, como pidiendo explicaciones, intentando descubrir el motivo para tamaña injusticia.
Yo me mantuve observando la escena con ganas de salir en su defensa, pero el sentido del ridículo se impuso y no me atreví a ejercer de caballero protector de una minúscula dama que caminaba a saltitos y cuya piel estaba repleta de plumas grises.
Ahora, al cabo de los días cuando escribo esta historia, pienso si en una situación similar, con hombres y mujeres por protagonistas, me hubiese atrevido a tomar la espada de la justicia en la mano para defender al débil, cual quijote del siglo XXI.
Si algún día aclaro esta duda, tendré otra historia para escribir, muy probablemente en una cama de hospital, pues ya se sabe que los adalides quijotescos suelen acabar con los huesos malparados; o bien en letras rojas que reflejen la verguenza manifiesta de mi cobardía para defender tanto animales como hombres.
.
Sujeto las bridas a esta carrera desenfrenada, sentándome en una terraza bajo la sombra de unos venerables tilos.
Mientras acaricio el paladar con una caña de cerveza, recibo la visita de tres gorriones. Dejo mi lectura para observarlos. Permanecen saltando, mas bien botando, en el borde de la mesa. Uno de ellos dirige su pico hacia mí, abriéndolo y cerrándolo en actitud conversadora, imagino yo. Le concedo una sonrisa cómplice y parece que esto le da la confianza suficiente para acercarse a saltitos juguetones al plato de patatitas que el camarero había dejado como aperitivo. -Los otros dos, se mantienen vigilantes y al acecho de su maniobra-. Coquetea con dos o tres patatas y engancha una de ellas con rapidez al tiempo que, en una suerte de engaño, levanta el vuelo para aterrizar al pie de uno de los tilos que flanquean mi mesa.
Cuando el confiado gorrión se disponía a dar cuenta de su botín, sus dos compañeros imitaron su trayectoria y se le acercaron frontalmente, atacándole pico a pico hasta dejarle sin patata. En una milésima de segundo fue derrotado. Tal vez, pensé, porque el encantador gorrión de esta historia evitó entrar en la batalla. Le gustaba más el diálogo. Conmigo se había entendido bien. Pidió y yo le concedí.
Se quedó triste y abatido, mirando el tronco del árbol, como pidiendo explicaciones, intentando descubrir el motivo para tamaña injusticia.
Yo me mantuve observando la escena con ganas de salir en su defensa, pero el sentido del ridículo se impuso y no me atreví a ejercer de caballero protector de una minúscula dama que caminaba a saltitos y cuya piel estaba repleta de plumas grises.
Ahora, al cabo de los días cuando escribo esta historia, pienso si en una situación similar, con hombres y mujeres por protagonistas, me hubiese atrevido a tomar la espada de la justicia en la mano para defender al débil, cual quijote del siglo XXI.
Si algún día aclaro esta duda, tendré otra historia para escribir, muy probablemente en una cama de hospital, pues ya se sabe que los adalides quijotescos suelen acabar con los huesos malparados; o bien en letras rojas que reflejen la verguenza manifiesta de mi cobardía para defender tanto animales como hombres.
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28 de agosto de 2006
Tú
Estás; la luz se besa con la sombra
y no te veo.
Cuando estás, el tacto de mis dedos queda ciego
y no te siento.
Cuando estás, una balsa de viento se lleva las palabras
y no te hablo.
No estás; el alba nace envuelta en manto negro
y deseo verte.
Cuando no estás, crecen raíces en la punta de mis dedos que te buscan
y deseo tocarte.
Cuando no estás, un tren de veintiocho vagones descarrila por unas vías eternas
y deseo hablarte.
Un sueño dulce me envuelve cuando estás.
Cuando no estás una vigilia cruel me inunda los ojos.
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y no te veo.
Cuando estás, el tacto de mis dedos queda ciego
y no te siento.
Cuando estás, una balsa de viento se lleva las palabras
y no te hablo.
No estás; el alba nace envuelta en manto negro
y deseo verte.
Cuando no estás, crecen raíces en la punta de mis dedos que te buscan
y deseo tocarte.
Cuando no estás, un tren de veintiocho vagones descarrila por unas vías eternas
y deseo hablarte.
Un sueño dulce me envuelve cuando estás.
Cuando no estás una vigilia cruel me inunda los ojos.
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20 de agosto de 2006
Bella
Para Viri

Fotografía de Virginia Fernández
En aquel tiempo, una muchacha de cabellos castaños y ondulados como un mar; brillantes ojos negros como una noche de luna; piel de plata como sábana de raso blanca y un cuerpo moldeado por la brisa fresca de la primavera, vivía en una casita al final de una calle de un pueblecito al sur de Portugal.
La muchacha se llamaba Bella, la calle "Rua das arbores" y el pueblo... no recuerdo cómo se llamaba.
En aquel tiempo los mozos rodeaban la casa de Bella, cantándole hermosas canciones populares para ganar sus favores; y el bosque rodeaba el pueblecito dejándole apenas una entrada desde la carretera general.
En aquel tiempo el padre de Bella pensó en el futuro de su hija y no encontró conveniente que todos aquellos mozos se pasaran la noche al pie de la ventana de su hija, por lo que prohibió terminantemente que nadie se parase para tales fines delante de su casa, y estableció contactos con una casamentera del lugar para arreglar un matrimonio de conveniencia para su hija.
En aquel tiempo el alcalde del pueblo pensó en el futuro de sus lugareños y no encontró conveniente que el bosque les privase de una agricultura floreciente que enriqueciese a todos y trajera prosperidad al lugar, por lo que ordenó la tala parcial (más tarde llegó a ser general) de todos los arboles que rodeaban al pueblo.
En aquel tiempo acaecieron algunos cambios en la vida de Bella. Su calle dejó de llamarse "Rua das arbores" y pasó a nombrarse "Rua dos arrifes"; los mozos desaparecieron, al igual que el bosque; y la única presencia de un hombre al pie de su ventana fue la silueta de un jinete sobre su caballo que anunciaba en un cartel (muy a la moda de la época) el afamado "Nitrato do Chile" que una compañía del país sudamericano comercializaba en Europa para el mejor desarrollo de los cultivos agrícolas.
Hemos sabido, que Bella abandonó su pueblo, su calle y su casa; sin embargo mantuvo una íntima relación con el "Nitrato do Chile": se casó con el director de la compañía.
Hemos sabido, que ya nadie cultiva nada en el pueblo de Bella; sin embargo los arrifes mantuvieron su status; ni un solo arbol ha vuelto a ser plantado.
*"Arrifes": desmanche de árboles para abrir caminos.
*Me he tomado la libertad de modificar el significado de "arrifes" con el fin de relacionarlo de una manera racional con el "Nitrato do Chile"
.

Fotografía de Virginia Fernández
En aquel tiempo, una muchacha de cabellos castaños y ondulados como un mar; brillantes ojos negros como una noche de luna; piel de plata como sábana de raso blanca y un cuerpo moldeado por la brisa fresca de la primavera, vivía en una casita al final de una calle de un pueblecito al sur de Portugal.
La muchacha se llamaba Bella, la calle "Rua das arbores" y el pueblo... no recuerdo cómo se llamaba.
En aquel tiempo los mozos rodeaban la casa de Bella, cantándole hermosas canciones populares para ganar sus favores; y el bosque rodeaba el pueblecito dejándole apenas una entrada desde la carretera general.
En aquel tiempo el padre de Bella pensó en el futuro de su hija y no encontró conveniente que todos aquellos mozos se pasaran la noche al pie de la ventana de su hija, por lo que prohibió terminantemente que nadie se parase para tales fines delante de su casa, y estableció contactos con una casamentera del lugar para arreglar un matrimonio de conveniencia para su hija.
En aquel tiempo el alcalde del pueblo pensó en el futuro de sus lugareños y no encontró conveniente que el bosque les privase de una agricultura floreciente que enriqueciese a todos y trajera prosperidad al lugar, por lo que ordenó la tala parcial (más tarde llegó a ser general) de todos los arboles que rodeaban al pueblo.
En aquel tiempo acaecieron algunos cambios en la vida de Bella. Su calle dejó de llamarse "Rua das arbores" y pasó a nombrarse "Rua dos arrifes"; los mozos desaparecieron, al igual que el bosque; y la única presencia de un hombre al pie de su ventana fue la silueta de un jinete sobre su caballo que anunciaba en un cartel (muy a la moda de la época) el afamado "Nitrato do Chile" que una compañía del país sudamericano comercializaba en Europa para el mejor desarrollo de los cultivos agrícolas.
Hemos sabido, que Bella abandonó su pueblo, su calle y su casa; sin embargo mantuvo una íntima relación con el "Nitrato do Chile": se casó con el director de la compañía.
Hemos sabido, que ya nadie cultiva nada en el pueblo de Bella; sin embargo los arrifes mantuvieron su status; ni un solo arbol ha vuelto a ser plantado.
*"Arrifes": desmanche de árboles para abrir caminos.
*Me he tomado la libertad de modificar el significado de "arrifes" con el fin de relacionarlo de una manera racional con el "Nitrato do Chile"
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14 de agosto de 2006
Una que no sabe

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"United colors of Rajastan" Foto tomada por Manuel Pazos
Hay, quienes no quieren tirar para adelante porque, intuyo, no les gusta dejarse llevar; prefieren conocer, escoger y asegurar el camino. Éstos, contradictoriamente, arriesgan mucho; pues aquellas excelencias de la vida que llegan a conocer y a escoger voluntariamente, involuntariamente pretenden sujetarlas; propiciando de este modo una pérdida segura; pues el dicho de "sólo se conserva aquello que no se amarra" es muy acertado.
Los hay, que no sufren el tirar para atrás, pues la senda está aprehendida por la memoria y el recuerdo, y ámbos, son caminantes perezosos. En ese caso, el olvido premeditado acarrea un peligro: si no sientes lo que dejas atrás, no podrás sentir en plenitud lo que te ofrece el presente, pues el período de aprendizaje es necesario incluso para el sentimiento.
Hay gentes, también, que olvidan el ayer y no piensan en el mañana, porque están anclados en cada minuto que late en sus vidas; y se aferran con tanta fuerza a cada instante que no aprecian si hay baches en el camino, si las tormentas acechan, si lo recorrido ha sido duro o si lo que se vislumbra en el horizonte tiene buen aspecto. Y es que, estas gentes, usan sus manos para quitar el tronco atravesado en el camino; su boca para besar unos labios que piden auxilio; sus piernas para escalar al balcón de su amor; su nariz para oler la sangre de la herida o la rosa del corazón; sus ojos para ver la miseria o la riqueza; su sexo para gozar; y su voz..., su voz para cantar una elegía a cada minuto de su vida que se muere.
En realidad, no sé quiénes practican mejor el arte de la vida o si es éste un conglomerado de estilos; utilizando un día el pincel, otro la pluma, otro el cincel, otro la voz; pero sí se me ocurre un aforismo: Hay gentes que viven y hay gentes que piensan en vivir.
.
12 de agosto de 2006
A la gata le sobra con el tejado

He visto en un semanal, de los que lanza hace ya tiempo la prensa escrita, unas páginas sobre lo último en decoración perfecta para una casa. Una de las habitaciones -se supone que la de los niños-, dejaba ver una combinación sobria y austera -véase "minimalista" en argot de diseño-. Paredes desnudas pintadas en color piedra, suelo de madera sin barnizar, camas sin cabecero y colchas y cuadrantes grises. Muy sencillo a la par que elegante y en la onda de la última movida diseñadora -nos diría el decorador de turno-.
He pensado en la cantidad de casas en las que se renovará la decoración, inclinándose por esta tendencia, so pena de quedarse el actual mobiliario y sus accesorios pasados de moda. En este caso es un buen cambio (más por menos): la mayoría de las cosas que llenan nuestras casas son superfluas, inútiles e innecesarias. Pero me pregunto ¿por qué no se llega a este razonamiento sin falta de que nos lo impongan unos diseñadores obligados al cambio para mejor vender sus ideas?.
He recordado el sótano de la casa de "La gata sobre el tejado de zinc" -repleto de los más inverosímiles objetos- y los lamentos del patriarca de la familia, en la obra mítica de Tennesee Williams, porque la única meta en su vida había sido "acumular" cosas de todo tipo, pero cosas al fin y al cabo; y en su último momento no tenía "nada" para llevarse consigo.
Dejo la pregunta en el aire: ¿Por qué demonios nos gustará tanto poseer?
.
4 de agosto de 2006
Invertir al hombre de Porlock
Invertir al hombre de Porlock. Eso es lo importante. Irte a la cama para escribir la historia vivida. Reinventar cientos de personajes y establecer un nexo entre ellos tal, que la lectura consiguiente sea tan sencilla como sumar uno y uno y todo el mundo diga: ¡dos, es dos!
Cuando el árbol se llena de frutos, sus ramas se doblan y aquellos acaban cayendo fieles a la ley de la gravedad. Tal vez nuestras mentes se doblen de tanto alimentarlas y de cuando en cuando, lo que había brotado y estaba a punto de dar a luz un perfecto y redondo pensamiento, se hunde en un limbo extraño y desconocido a donde van a parar Cavafis y su Itaca, la estación del metro de Pound, la pistola de Verlaine y sus violines de otoño, la amada y el amado de San Juan, las tierras baldías de Elliot, la fuga de muerte de Celan, la marca del agua de Angel González, la alta luna de Pessoa, el cubo de mierda de Bukowski y hasta el mismísimo hombre de Porlock de Coleridge.
Qué maravilla de la creación sería acostarse, recibir la noche en la piel y un alfabeto de luces en el alma, cuyo desorden voluntario generase espontáneamente un caos tan lúcido como los amores de Cavafis, tres o cuatro cantares de Pound, el cuerpo herido de Rimbaud, la noche oscura de San Juan, los cuartetos de Elliot, el suicidio de Celan, las cucarachas de Angel González, la piedra y la rosa de Pessoa, el plato de lentejas de Bukowski y hasta el mismísimo Kubla Khan de Coleridge.
Invertir al hombre de Porlock. Eso es lo importante. Que el escribir fuera un sueño y el sueño una creación libre de ser interrumpida por la llamada inoportuna del alba intelectual.
.
Cuando el árbol se llena de frutos, sus ramas se doblan y aquellos acaban cayendo fieles a la ley de la gravedad. Tal vez nuestras mentes se doblen de tanto alimentarlas y de cuando en cuando, lo que había brotado y estaba a punto de dar a luz un perfecto y redondo pensamiento, se hunde en un limbo extraño y desconocido a donde van a parar Cavafis y su Itaca, la estación del metro de Pound, la pistola de Verlaine y sus violines de otoño, la amada y el amado de San Juan, las tierras baldías de Elliot, la fuga de muerte de Celan, la marca del agua de Angel González, la alta luna de Pessoa, el cubo de mierda de Bukowski y hasta el mismísimo hombre de Porlock de Coleridge.
Qué maravilla de la creación sería acostarse, recibir la noche en la piel y un alfabeto de luces en el alma, cuyo desorden voluntario generase espontáneamente un caos tan lúcido como los amores de Cavafis, tres o cuatro cantares de Pound, el cuerpo herido de Rimbaud, la noche oscura de San Juan, los cuartetos de Elliot, el suicidio de Celan, las cucarachas de Angel González, la piedra y la rosa de Pessoa, el plato de lentejas de Bukowski y hasta el mismísimo Kubla Khan de Coleridge.
Invertir al hombre de Porlock. Eso es lo importante. Que el escribir fuera un sueño y el sueño una creación libre de ser interrumpida por la llamada inoportuna del alba intelectual.
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31 de julio de 2006
Pequeñas historias en ciudades grandes (II)

La composición es de
Cristina Alejos Cañada
Todos los meses desde hacía un año recibía una rosa. El día diez de cada mes, un repartidor de una floristería aparecía en la oficina con una rosa solitaria, tan sólo adornada con un lazo de su mismo color: rojo. Una tarjeta con dos iniciales. Ninguno de sus amigos, conocidos o posibles admiradores tenía un nombre con esas iniciales. Había indagado en la floristería pero no supieron darle ninguna pista pues los encargos se hacían por teléfono. El desasosiego que le producía ignorar el remitente y la cobardía que imaginaba en él, la inquietaban de tal forma que había tomado la decisión de no aceptar el envío y devolvérselo al repartidor el próximo mes. Pondría fin a una historia que no había tenido principio.
***********
Llamó a la floristería para cancelar el encargo que hacía todos los días diez de cada mes. Después de un año, su mejor amiga tendría que haberse dado cuenta de sus intenciones. En fin, tal vez fuese mejor así. Él no se atrevía a manifestarle en persona sus sentimientos y ella obviaba la situación haciendo caso omiso de su "declaración" mensual. Lo más conveniente para los dos sería seguir como si nada hubiese ocurrido y poner fin a una historia que nunca tendría principio.
***********
La encargada lo llamó al móvil para decirle que la rosa que llevaba a la calle de los Despropósitos número 15, no debía ser entregada pues acababan de cancelar el encargo. El repartidor confirmó el número de la calle y el nombre de la destinataria y cortó la llamada. -¡Joder, llevo un año entregando esta rosa en el número 16 a una mujer con el mismo nombre!- pensó. Sería mejor no contar este final a nadie, no fuera que su trabajo en la floristería pasase a ser historia.
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28 de julio de 2006
Oración
No te asalten temores
pues no verás espejo en estas letras.
Este poema será una gran piedra
velada por la sombra de los sueños,
protegida por líquenes de angustia
y firme ante la luz de las verdades.
Piedra que nunca duele
piedra que nunca sueña
piedra que nunca abriga
piedra que nunca vuela
piedra que nunca tiene
Líbrame de todo
y dame la nada.
.
26 de julio de 2006
La carrera

Nací con el moldeador puesto y el azabache definiendo el color de mi pelo.
Mis padres, después de cuatro hermanos varones de cabellos rubios y lacios cual mezcla de ario y vikingo, encontraron mi figura tan opuesta a la de sus otros hijos que no buscaron más belleza y se conformaron con la vulgar mediocridad de mis rasgos.
Crecí a rebufo del poderío físico e intelectual de mis hermanos. Ellos eran altos, fuertes, guapos, inteligentes y poseían ese halo de atracción que rodea a ciertas personas que las hace triunfar ante los demás sin mover siquiera un dedo; al contrario que yo, que tuve que justificar incluso mi primer paso pues a los seis meses corría, más que caminaba, por el jardín de nuestra casa, intuyendo mis padres en ello una rara aptitud más que una cualidad.
Lo de crecer es una manera antagónica de decir que no crecí. Apenas llegué al metro cincuenta de estatura. Soy bajita. Tal vez no sea debido tan sólo a ésto, pero siempre he tenido la sensación de ser inferior a los demás. Claro está que todos los hombres con los que me he relacionado, esporádica, temporal o continuadamente, han sido mucho más altos que yo e, influenciada por mis actitudes afectivas hacia mis fraternales y colaterales ascendientes, he tenido el impulso de besarlos continuamente.
Por oposición a mis hermanos, estudié "diseño y decoración"; profesión femenina donde las haya; gracias a la cual, conocí a cientos de mujeres organizadoras de sus casas, amantes de sus maridos, educadoras de sus hijos, clientas de dermoestética y profesionales del ocio a elevados niveles. Esta relación profesional-clienta, me indujo a ejercer de lo contrario, esto es: seguí viviendo en casa de mis padres, no me casé, no tuve hijos, mantengo el mismo cuerpo que mi padre y mi madre concibieron y mi único ocio-vicio es saborear los labios y lenguas de todos los hombres que se acercan notablemente a mi vida mientras empleo una destacada frialdad para hacerles el amor. Es posible que un día de éstos me quede con una sola de esas bocas y hasta puede que tenga un hijo. No veo probable, en cambio, que los cirujanos arreglen algún desarreglo de mi cuerpo.
El moldeador sigue siendo natural pero el azabache del pelo va tornando artificial. Mis padres continúan viendo en mí un personaje particular, medio extravagante, medio vulgar. Mis hermanos son, efectivamente y como se había previsto, espléndidos representantes de la perfección en el género masculino. El jardín ya no es testigo de mis carreras pero sí me sufren el metro, las aceras, los pasillos de las casas de mis clientas y cualquier otro sitio que pueda ser pateado, en este caso, corrido. Y continúo centrando mis aspiraciones sexuales en besar apasionadamente a los hombres que me gustan.
Siento, a menudo, que se ha tratado la mía de una vida aburrida. Sólo siento, porque si me detengo a racionalizar esta carrera en la que no he oído el pistoletazo de salida, el puesto a la mitad de esta prueba reina no es tan malo. Soy extraña, particular y personalmente feliz.
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22 de julio de 2006
El cáncer de lo bello
17 de julio de 2006
Significados

Sombras de luz
- FERNANDO ALBA -
No me gusta la luz.
Me duele en los ojos.
¿Tendrá ésto algún significado?
Tal vez, porque
prefiero el desaliño de una sombra
a la vanidad de un sol de verano,
la forja bañada en cera
a la danza futurista de un neón,
la noche cuando es una noche desordenada
al día claro y ordenadamente aburrido.
Prefiero el misterio de un poema
a la transparencia de un periódico,
los ojos enigmáticos de un rostro
a las palabras deslumbrantes,
un oscuro beso en la oscuridad
al resplandor de una piel ardiente.
A través de la sombra contemplo
la descarada crueldad de la luz.
¿Tendrá ésto algún significado?
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12 de julio de 2006
De interiores y exteriores
27 de junio de 2006
Pequeñas historias en ciudades grandes (I)

Todas las noches entreabría su ventana. Justo en el edificio de enfrente, su vecina, se sabía observada. Lo veía, regularmente, mirar cómo bailaba su danza oriental. Y en esa complacencia de artista que ofrece su arte al público, ella abría de par en par su ventana, encendía todas las luces y elevaba el volumen de su compacto para conseguir el clima apropiado que acompañase al sensual movimiento de su cuerpo.
Todas las noches, durante una hora, se repetía esta parafernalia. Hasta que ella cerraba su ventana deseando haber satisfecho a su espectador. Y éste, embriagado por la brisa de laúdes, cítaras, crótalos y panderos, se retiraba para continuar leyendo un libro mientras las luces de su habitación permanecían apagadas.
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12 de junio de 2006
Anecdotario de curiosidades (III)
Fin de semana en Madrid
Es cierto que, para los que no vivimos en Madrid, un fin de semana en la capital (de momento podemos llamarla así, hasta que los referéndum prolifiquen y lleguemos a olvidar cual es cual y cual de las cuales nos corresponde por territorialidad geográfico-política) da para poco.
Sin embargo, estos dos días pasados han sido tan fructíferos en cuanto a experiencias se refiere, que me atrevo a decir que me han suplido por dos semanas.
Faltaría más..., hemos ido a la Feria del Libro, instalada en el Parque del Retiro y donde se demuestra experimentalmente que la teoría, según la cual los españoles leemos poco y compramos menos (libros) es absolutamente falsa. No vi a uno sólo de los viandantes del recinto sin una bolsa de la feria repleta o casi, de sus correspondientes libros.
Las ferias son ferias por algo, eso está claro. Entre otras cosas por la variedad de ofertas, y en este caso por la diversidad de libros y... también de escritores.
Estaba la exquisita y estirada presencia de Carmen Posadas, siempre con una sonrisa para el potencial cliente. No faltó a la cita Fernando Sánchez Dragó, crack donde los haya, hablador por los codos y profesional hasta en sus dedicatorias. Aunque las colas para esperar por la firma correspondiente en el libro escogido abundaban, encontré uno de los stand vacío, sin gente que ojease libro alguno ni esperase por la firma del autor de turno; di por hecho que éste último era el que espantaba al personal pues se trataba nada más ni nada menos que de Fernando Savater. He de reconocer que me dio pena. Algunas veces le cruzaría la cara por las tonterías que dice pero me cae bien y es un tío listo. Rosa Montero y Luisa Castro parecían dos marujas hablando de la última tendencia en telas para visillos y me alegro mucho de su actitud pues dejan claro que además de ser excelentes escritoras también son humanas y por ende, mujeres. ¿Se pueden imaginar qué stand era el más abarrotado de público, que hasta tuvieron que vallarlo en forma de "ese" para que la cola no se aglomerara y hubiera un cierto orden? Les advierto que ese día no estaba Dan Brown ni Antonio Gala (que tira mucho), ni Pérez Reverte, ni Paul Auster, ni Harold Pinter; no, no, ninguno de los que pueden ser considerados importantes o famosos en la literatura actual. El stand más visitado era el de Andreu Buenafuente. ¡Jódete y baila! Permítanme la expresión pero es que creo que me quedo corta. No tengo nada en contra del showman catalán, todo lo contrario, pero ver a Ian Gibson atendiendo a un admirador que por casualidad se había dejado caer por su stand y al Buenafuente protegido por guardas de seguridad para evitarle una posible avalancha de público, me pone los pelos de punta.
A Jesús Ferrero le brillaba más que nunca su peladísima cabeza y él, por supuesto, se enorgullecía y presumía de ella. Y eché una parrafadita con Benjamín Prado mientras firmaba el libro correspondiente presumiendo, en este caso, de una elocuencia intelectualoide de poeta simpático. Conté una a una las arrugas de Josefina Aldecoa, que son exactamente las mismas que exhibe en las pantallas de tv y que lleva con una elegancia y serenidad asombrosas.
Uno de mis mejores momentos fue el de Leopoldo. Ya estábamos en la segunda vuelta cuando mi hija me tira del brazo, me para y me dice: -"¿No es ese Panero, el que está en un psiquiátrico de Canarias?"-. Y en esto, que mis ojos se encuentran con una mirada suspendida en el aire (como la de Emma) y también veo un cigarrillo suspendido en unos labios casi desaparecidos y también veo unos huesos articulados cubiertos de una piel oscura que semejaban una mano que estaba suspendida en un bolígrafo (era el bolígrafo quien sostenía la mano y no al revés). Era Leopoldo María Panero. Creo que debo ser sincera y decir que no tenía ningún deseo de comprar alguno de sus libros (no me encandilan sus poemas) pero ante el mito literario que tenía ante mí, decidí hacerlo para recibir en persona una dedicatoria suya. Me acerqué, tomé el libro y se lo di para que me lo firmara. A su lado estaba un hombre joven que le transmitía las peticiones de los que allí esperábamos y me preguntó cómo me llamaba y me explicó -por si no entendía su letra- que su dedicatoria era siempre la misma: "Para ..... con cariño". En un intento (gigantescamente vano) de entablar algo de conversación con esa extraña criatura literaria, protesté por una firma tan simple y le pedí algo más que un cariño comercializado y merchandarizado. Él, apoyó su mano en el bolígrafo y, dirigiéndome una mirada de soslayo, escribió. Su acompañante le transmitió mis palabras y esperó respuesta. Leopoldo le respondió, con un rictus en la boca aspirante a sonrisa displicente de impaciencia, que sí me había escrito algo más: "Para Ana con cariño de Leopoldo". Y así acabó mi momento Leopoldo, con encanto y desencanto al mismo tiempo, como casi siempre nos ocurre con los mitos.
Y llegó la mañana a su punto álgido. Acaeció (sé que está en desuso pero me encanta esta palabra) que la química tornó psicología y la psicología en literatura y entre las tres generaron la conexión entre dos personas sin saber siquiera de su existencia la una de la otra.
Sucede que me gusta la poesía. Me atrevo descaradamente a escribir poesía y aunque no domino como quisiera esta parcela literaria (a pesar del gran Gamoneda, instintivamente la considero como tal) me considero poeta (¡toma ya!). Pues bien, es evidente que leo poesía pero también muchísimas otras cosas (soy ecléctica de profesión), entre ellas novela. Por tanto, no es de extrañar que me detuviera delante del stand donde firmaba en aquel momento Antonio Soler, autor de, entre otros, "El camino de los ingleses", premio Nadal 2004, y escritor especial y admirable por su actitud escéptica ante el merchandising que rodea parte de la literatura actual.
Estaba Antonio (la confianza acude sin que nadie la llame, je) atendiendo a una señora que había comprado uno de sus libros mientras yo esperaba con otro mi turno de firma correspondiente. La señora precedente se marchó y él, tomó una botella de agua y un vaso para evitar una deshidratación segura (rondábamos los 35º y el sol era de justicia); me vió y rápidamente dejó botella y vaso para fijarse en mi persona (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Me negué rotundamente a privarle de apagar su sed y estuvimos en un toma y daca de amabilidades y condescendencias para acabar cediendo él, ante mi firme y contundente politesse, tomando el libro y escribiendo con una lentitud, rara en estos días, mi dedicatoria. Me devuelve el libro y murmura un "hasta pronto" con una sonrisa abierta y sincera (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Abro el libro y leo: "Para Ana el agua de las palabras, la poesía". ¿Acaso no fue este un momento mágico?
El fin de semana daría para más historias pero creo que la mañana en la Feria fue significativa. La presencia de los libros, ya de por sí, es mágica.
pd. este relato no es ficción, por si a alguien le interesa.
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Es cierto que, para los que no vivimos en Madrid, un fin de semana en la capital (de momento podemos llamarla así, hasta que los referéndum prolifiquen y lleguemos a olvidar cual es cual y cual de las cuales nos corresponde por territorialidad geográfico-política) da para poco.
Sin embargo, estos dos días pasados han sido tan fructíferos en cuanto a experiencias se refiere, que me atrevo a decir que me han suplido por dos semanas.
Faltaría más..., hemos ido a la Feria del Libro, instalada en el Parque del Retiro y donde se demuestra experimentalmente que la teoría, según la cual los españoles leemos poco y compramos menos (libros) es absolutamente falsa. No vi a uno sólo de los viandantes del recinto sin una bolsa de la feria repleta o casi, de sus correspondientes libros.
Las ferias son ferias por algo, eso está claro. Entre otras cosas por la variedad de ofertas, y en este caso por la diversidad de libros y... también de escritores.
Estaba la exquisita y estirada presencia de Carmen Posadas, siempre con una sonrisa para el potencial cliente. No faltó a la cita Fernando Sánchez Dragó, crack donde los haya, hablador por los codos y profesional hasta en sus dedicatorias. Aunque las colas para esperar por la firma correspondiente en el libro escogido abundaban, encontré uno de los stand vacío, sin gente que ojease libro alguno ni esperase por la firma del autor de turno; di por hecho que éste último era el que espantaba al personal pues se trataba nada más ni nada menos que de Fernando Savater. He de reconocer que me dio pena. Algunas veces le cruzaría la cara por las tonterías que dice pero me cae bien y es un tío listo. Rosa Montero y Luisa Castro parecían dos marujas hablando de la última tendencia en telas para visillos y me alegro mucho de su actitud pues dejan claro que además de ser excelentes escritoras también son humanas y por ende, mujeres. ¿Se pueden imaginar qué stand era el más abarrotado de público, que hasta tuvieron que vallarlo en forma de "ese" para que la cola no se aglomerara y hubiera un cierto orden? Les advierto que ese día no estaba Dan Brown ni Antonio Gala (que tira mucho), ni Pérez Reverte, ni Paul Auster, ni Harold Pinter; no, no, ninguno de los que pueden ser considerados importantes o famosos en la literatura actual. El stand más visitado era el de Andreu Buenafuente. ¡Jódete y baila! Permítanme la expresión pero es que creo que me quedo corta. No tengo nada en contra del showman catalán, todo lo contrario, pero ver a Ian Gibson atendiendo a un admirador que por casualidad se había dejado caer por su stand y al Buenafuente protegido por guardas de seguridad para evitarle una posible avalancha de público, me pone los pelos de punta.
A Jesús Ferrero le brillaba más que nunca su peladísima cabeza y él, por supuesto, se enorgullecía y presumía de ella. Y eché una parrafadita con Benjamín Prado mientras firmaba el libro correspondiente presumiendo, en este caso, de una elocuencia intelectualoide de poeta simpático. Conté una a una las arrugas de Josefina Aldecoa, que son exactamente las mismas que exhibe en las pantallas de tv y que lleva con una elegancia y serenidad asombrosas.
Uno de mis mejores momentos fue el de Leopoldo. Ya estábamos en la segunda vuelta cuando mi hija me tira del brazo, me para y me dice: -"¿No es ese Panero, el que está en un psiquiátrico de Canarias?"-. Y en esto, que mis ojos se encuentran con una mirada suspendida en el aire (como la de Emma) y también veo un cigarrillo suspendido en unos labios casi desaparecidos y también veo unos huesos articulados cubiertos de una piel oscura que semejaban una mano que estaba suspendida en un bolígrafo (era el bolígrafo quien sostenía la mano y no al revés). Era Leopoldo María Panero. Creo que debo ser sincera y decir que no tenía ningún deseo de comprar alguno de sus libros (no me encandilan sus poemas) pero ante el mito literario que tenía ante mí, decidí hacerlo para recibir en persona una dedicatoria suya. Me acerqué, tomé el libro y se lo di para que me lo firmara. A su lado estaba un hombre joven que le transmitía las peticiones de los que allí esperábamos y me preguntó cómo me llamaba y me explicó -por si no entendía su letra- que su dedicatoria era siempre la misma: "Para ..... con cariño". En un intento (gigantescamente vano) de entablar algo de conversación con esa extraña criatura literaria, protesté por una firma tan simple y le pedí algo más que un cariño comercializado y merchandarizado. Él, apoyó su mano en el bolígrafo y, dirigiéndome una mirada de soslayo, escribió. Su acompañante le transmitió mis palabras y esperó respuesta. Leopoldo le respondió, con un rictus en la boca aspirante a sonrisa displicente de impaciencia, que sí me había escrito algo más: "Para Ana con cariño de Leopoldo". Y así acabó mi momento Leopoldo, con encanto y desencanto al mismo tiempo, como casi siempre nos ocurre con los mitos.
Y llegó la mañana a su punto álgido. Acaeció (sé que está en desuso pero me encanta esta palabra) que la química tornó psicología y la psicología en literatura y entre las tres generaron la conexión entre dos personas sin saber siquiera de su existencia la una de la otra.
Sucede que me gusta la poesía. Me atrevo descaradamente a escribir poesía y aunque no domino como quisiera esta parcela literaria (a pesar del gran Gamoneda, instintivamente la considero como tal) me considero poeta (¡toma ya!). Pues bien, es evidente que leo poesía pero también muchísimas otras cosas (soy ecléctica de profesión), entre ellas novela. Por tanto, no es de extrañar que me detuviera delante del stand donde firmaba en aquel momento Antonio Soler, autor de, entre otros, "El camino de los ingleses", premio Nadal 2004, y escritor especial y admirable por su actitud escéptica ante el merchandising que rodea parte de la literatura actual.
Estaba Antonio (la confianza acude sin que nadie la llame, je) atendiendo a una señora que había comprado uno de sus libros mientras yo esperaba con otro mi turno de firma correspondiente. La señora precedente se marchó y él, tomó una botella de agua y un vaso para evitar una deshidratación segura (rondábamos los 35º y el sol era de justicia); me vió y rápidamente dejó botella y vaso para fijarse en mi persona (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Me negué rotundamente a privarle de apagar su sed y estuvimos en un toma y daca de amabilidades y condescendencias para acabar cediendo él, ante mi firme y contundente politesse, tomando el libro y escribiendo con una lentitud, rara en estos días, mi dedicatoria. Me devuelve el libro y murmura un "hasta pronto" con una sonrisa abierta y sincera (me gustaría pensar que no fue tan sólo el interés comercial). Abro el libro y leo: "Para Ana el agua de las palabras, la poesía". ¿Acaso no fue este un momento mágico?
El fin de semana daría para más historias pero creo que la mañana en la Feria fue significativa. La presencia de los libros, ya de por sí, es mágica.
pd. este relato no es ficción, por si a alguien le interesa.
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6 de junio de 2006
Fantasía y realidad

- Escher
Alguien leyó mis poemas y me habló de desencantos y frustraciones. Identificó poeta con poesía, cuestión, por otro lado, muy discutible y que requiere estudios profundos para no llegar a conclusión acertada.
Alguien leyó los escritos colgados en este blog y me habló de pesimismo y tristeza. Identificó escritor con escrito. Es posible que con razón, pues siempre proyectamos nuestra personalidad en el papel (aunque no me gusta definirme como persona pesimista, reconozco que un poco escéptica sí que soy).
Alguien leyó todos mis escritos y se sintió dibujada en ellos; en alguna parte de ellos. Es aquí donde marco una línea que separa fantasía de realidad. No negaré la carga de experiencia propia que llevan todos mis poemas, relatos, soliloquios o simplemente crónicas del día a día; pero sí me atrevo a negar rotundamente que el lector deba identificar mi vida real con mi vida literaria.
Recuerden los lectores que la imaginación es la savia de todo escrito.
"Ni el poeta, en su texto, es el hombre que es cuando no escribe, ni su lector el hombre o mujer que es cuando no lee", dijo Lázaro Carreter. Y estoy de acuerdo con él.
Esta afirmación extrapolada a cualquier tipo de literatura (no me atrevo, dios me libre, a decir que yo hago literatura, pero sí que, dios no me libra, puedo negar que escribo) es válida en tanto que el único nexo existente entre escritor y lector es el mundo creado por ámbos en esos dos estadios diferentes que son el hecho de escribir y el de leer.
En resúmen, la tangencia de mi realidad con la fantasía de mis escritos puede tornarse secante, pero el círculo de mi vida cortado por ésta, es, las más de las veces, ínfimo.
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1 de junio de 2006
La equivocación

Al doblar una esquina, en una noche sin luna, en una ciudad sin nombre, te encontré. Mal asunto. Supe o, tal vez, presentí, que devolver a las tuyas mis primeras palabras era el principio de una gran equivocación.
Llevaba razón.
Tomamos una avenida de cuatro carriles en la calzada y bulevares en las aceras, pero a ti no te gusta conducir y yo aborrezco las terrazas.
Paseamos bajo lunas maravillosas en noches de cristales brillantes, pero la luna descubre que no todos los gatos son pardos y los cristales, -nunca lo hubiera pensado-, se rompen.
Leímos profundas historias acompañados de inolvidables músicas, pero tú descubriste pronto que las historias son historias porque se acaban y yo entoné una canción que, -nunca lo hubiese creído-, jamás había escuchado.
En fin, al cabo de un tiempo, notamos, con cierto amargor en los labios, que a mí me gusta el amarillo y tú eres supersticioso; yo disfruto con un buen vaso de vino y a ti te gusta el cardhu; tú llevas sandalias y yo botas; a ti te encanta tomar baños de sol y yo me resguardo bajo un toldo con mis gafas de sol; a mí me pierde James Bond y tú te quitas el sombrero ante John Wayne. Sería conveniente no excederse en esta demostración de hábitos contrapuestos, por lo que me limito a plasmar en este papelpantalla una sola frase: ¡Ay que joderse con las diferencias!
Pues bien, sin ánimo de hacer razonamientos que me lleven a una autodisertación absurda acompañada de un buen dolor de cabeza, he llegado a la conclusión de que, efectivamente hemos cometido una gran equivocación. Tú no encuentras los pasos que llevan a mi puerta y yo no sé abrirla.
He pensado en interpretar un papel para borrar esta "equivocación" en nuestra historia, pero no me he atrevido. Yo sería "Oliveira" y tú, "La Maga". Debería haberte dicho: "Amor mío, no te quiero por vos, ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto...". Sin embargo, esa hubiese sido otra historia y tan sólo Cortázar ha podido contarla.
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25 de mayo de 2006
Emma
Se llama Emma y tiene la mirada suspendida en un centímetro de aire.
Se ha caído muchas veces y siempre ha tenido alguien o algo que le ha tendido una mano. Tiene una hija de la que habla con un rictus de orgullo en sus labios, sin unirlos, dejando siempre un resquicio para una nueva palabra de alabanza hacia ella. Esta vez, es la poesía quien la ayuda a levantarse, a expresar el sufrimiento que le ha causado la muerte de su compañero y la tragedia que supone saberse seropositiva. Vive en un centro de acogida para drogadictos en proceso de desintoxicación y cuenta la ternura que recibe en las "caricias" de un pastor alemán que comparte casa con ella. Nos pide un cigarrillo para combatir la ansiedad, porque "se está quitando", dice, y eso es muy duro. Quiere hacerlo por su hija. Nosotros la animamos, le decimos que la meta es muy atractiva; el orgullo que sentirá ante su hija le compensará de todo el esfuerzo.
No he vuelto a verla desde que acabó el taller, hasta la semana pasada. Iba yo por la calle y me encuentro con una pareja de indigentes mochileros, de esos que son pero se niegan a serlo, que conservan un hálito de orgullo personal y evitan la compasión o el desprecio, que tanto monta. El hombre se me acerca y me pide dinero para el desayuno. Respondo que no tengo suelto (coletilla utilizada a menudo...) y entonces, la mujer lanza un exabrupto golpeándole el brazo y diciéndole: -pero ¿cómo se te ocurre pedirle dinero a mi amiga Ana?-. Era Emma. Pasada la primera sorpresa, una sonrisa grande se instala en mi boca; me alegro de ver a una antigua compañera de fatigas poéticas y le planto un par de besos sinceros en sus dos mejillas. Le pregunto por su vida. Ha vuelto. De nuevo está enganchada. Le echo un rapapolvo suave (no salen palabras duras para una mujer derrotada), le pregunto por su hija, la animo a luchar de nuevo contra su represor y me despido.
Sigo mi camino y pienso en ella. Su rostro estaba lleno de eccemas, algunos con heridas abiertas. Me estremezco. Mi único pensamiento durante todo el día fue de temor a un posible, aunque remoto, contagio.
He pasado una semana de contradicciones. No sabía si había hecho bien en besarla tan espontáneamente o debería haber tenido más cuidado.
Hoy, que escribo esto, me arrepiento de haber tenido dudas y me alegro de haberte besado, Emma.
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Se ha caído muchas veces y siempre ha tenido alguien o algo que le ha tendido una mano. Tiene una hija de la que habla con un rictus de orgullo en sus labios, sin unirlos, dejando siempre un resquicio para una nueva palabra de alabanza hacia ella. Esta vez, es la poesía quien la ayuda a levantarse, a expresar el sufrimiento que le ha causado la muerte de su compañero y la tragedia que supone saberse seropositiva. Vive en un centro de acogida para drogadictos en proceso de desintoxicación y cuenta la ternura que recibe en las "caricias" de un pastor alemán que comparte casa con ella. Nos pide un cigarrillo para combatir la ansiedad, porque "se está quitando", dice, y eso es muy duro. Quiere hacerlo por su hija. Nosotros la animamos, le decimos que la meta es muy atractiva; el orgullo que sentirá ante su hija le compensará de todo el esfuerzo.
No he vuelto a verla desde que acabó el taller, hasta la semana pasada. Iba yo por la calle y me encuentro con una pareja de indigentes mochileros, de esos que son pero se niegan a serlo, que conservan un hálito de orgullo personal y evitan la compasión o el desprecio, que tanto monta. El hombre se me acerca y me pide dinero para el desayuno. Respondo que no tengo suelto (coletilla utilizada a menudo...) y entonces, la mujer lanza un exabrupto golpeándole el brazo y diciéndole: -pero ¿cómo se te ocurre pedirle dinero a mi amiga Ana?-. Era Emma. Pasada la primera sorpresa, una sonrisa grande se instala en mi boca; me alegro de ver a una antigua compañera de fatigas poéticas y le planto un par de besos sinceros en sus dos mejillas. Le pregunto por su vida. Ha vuelto. De nuevo está enganchada. Le echo un rapapolvo suave (no salen palabras duras para una mujer derrotada), le pregunto por su hija, la animo a luchar de nuevo contra su represor y me despido.
Sigo mi camino y pienso en ella. Su rostro estaba lleno de eccemas, algunos con heridas abiertas. Me estremezco. Mi único pensamiento durante todo el día fue de temor a un posible, aunque remoto, contagio.
He pasado una semana de contradicciones. No sabía si había hecho bien en besarla tan espontáneamente o debería haber tenido más cuidado.
Hoy, que escribo esto, me arrepiento de haber tenido dudas y me alegro de haberte besado, Emma.
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24 de mayo de 2006
Risas
Vacaciones cortas o escapada larga, como se lo quiera denominar, pero escapada vacacional al fin y al cabo. Hemos pintado cielos de luz insomne y agujas enamoradas del cielo. Hemos hablado de aldea global, de ciudadanos autómatas unas, y hombres tranquilos otras, de dominaciones suecas y dominaciones soviéticas, de religión evangélico-luterana y de ortodoxa, también de la tibieza en la práctica religiosa. Hemos visto gente encantadora y petardos de gente. Hemos sufrido el overbooking hotelero y hemos negociado cual empresario de altura. Hemos visto ciudades nuevas y ciudades tan viejas como el mundo. Hemos estado en el café Kafka y en el Kiasma (Museo de Arte Contemporáneo). Hemos visto el Estadio de los Cantos (paradigma de la reivindicación de una lengua) y un cementerio-bosque o bosque-cementerio en el que comparten espacio lápidas, árboles, plantas y flores.
Y nos hemos reído. ¡Vaya si nos hemos reído!
Risas en el ascensor con el insert, remove, push; risas en el restaurante con las comidas servidas en pisos; risas en la celebración de un cumpleaños en un país lejano y extraño; risas con los aleluyas de unos fineses vestidos de chándal de táctel azul soraya, zapatos borsalino blancos y sombrero vaquero de plástico azul noche (pedos perdidos); risas en el pub de paso para entrar en el baño y a cambio pedir caipiriñas (típicas en Tallinn...¿?); risas en las fragonetas, que son nuestra especialidad en los viajes, y risas con el chófer correspondiente: véase, Manolo, Antonio o Federico , según las facciones de la cara del interfecto; risas en una carrera de seiscientos metros de obstáculos de gotas de lluvia, con gatos de plástico en la cabeza y el tranvía como meta; risas con el doblado de servilletas levantando con suma destreza lo que hay que levantar, en un restaurante de diseño.
Si he de recordar algo de las vacaciones de estas ocho amigas del "jueves cultural", será la risa, por encima de "cualquier otra cosa".
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Y nos hemos reído. ¡Vaya si nos hemos reído!
Risas en el ascensor con el insert, remove, push; risas en el restaurante con las comidas servidas en pisos; risas en la celebración de un cumpleaños en un país lejano y extraño; risas con los aleluyas de unos fineses vestidos de chándal de táctel azul soraya, zapatos borsalino blancos y sombrero vaquero de plástico azul noche (pedos perdidos); risas en el pub de paso para entrar en el baño y a cambio pedir caipiriñas (típicas en Tallinn...¿?); risas en las fragonetas, que son nuestra especialidad en los viajes, y risas con el chófer correspondiente: véase, Manolo, Antonio o Federico , según las facciones de la cara del interfecto; risas en una carrera de seiscientos metros de obstáculos de gotas de lluvia, con gatos de plástico en la cabeza y el tranvía como meta; risas con el doblado de servilletas levantando con suma destreza lo que hay que levantar, en un restaurante de diseño.
Si he de recordar algo de las vacaciones de estas ocho amigas del "jueves cultural", será la risa, por encima de "cualquier otra cosa".
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17 de mayo de 2006
¿"the best is jet to come"?


La miopía del tiempo recorta en miles las palabras que crucé contigo, reduciéndolas a media docena. Pero fueron media docena que tiñeron de fantasía real dos lenguas. Nunca más supe de tu vida, ni de tu trabajo, tus amigos, tu familia, ni de tus fracasos, si es que los has tenido. No hemos cruzado palabras, ni miradas, ni tan siquiera un apretón de manos o un beso en la mejilla. Hemos divergido nuestros caminos voluntariamente. Es posible que un par de veces al año o, tal vez, un par de veces al mes, recordemos momentos únicos compartidos, como un beso de buenos días, una sola canción para dos corazones, un martini seco con olivitas, un filósofo mudo o un león con alma de "soul". Pero se queda en eso, en recuerdos.
Y el tiempo, que además de ser miope es caprichoso, se encargó de abrir las puertas de la distancia y reunirnos en otra distancia, muy lejos de nuestra ciudad, en un lugar frío..., muy frío.
(Con el énfasis propio de los encuentros inesperados y caras de pazguatos):
- Hola, ¿cómo estás?
- Bien, ¿y tú?, ¿pero..., qué haces aquí?
- He venido a un congreso sobre medio ambiente, ¿y tú?
- Ah! qué bien!, yo estoy de minivacaciones
- ¿Cómo te trata la vida?
- Pues..., no me quejo.
- ¿Estarás mucho tiempo aquí?
- No, no, el fin de semana ¿y tú?
- Lo mismo. ¿Tendrás tiempo libre? ¿Podemos vernos?
- No sé..., tal vez..., ¿dime en qué habitación estás y te doy un toque, de acuerdo?
- Genial, espero tu llamada. Me encantó verte. Y estás estupenda.
- Oye, tú también. Te llamo entonces.
Dos besos y un abrazo ligero dieron al traste con los planes de doña Coincidencia.
"The best is jet to come" no es la frase buena, sino su viceversa: "Lo mejor ha pasado".
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pd. Estoy arrebatada, que me voy a Helsinki y después a Tallinn. Me marcho con un grupo de mujeres estupendas y maravillosas. Serán muy pocos días pero intensos. Prometo contaros.
15 de mayo de 2006
donpepito
Oleo de Victor SerranoDentro de un millón de años todos andaremos hacia atrás y nuestro futuro será recordar el pasado, porque dentro de novecientos mil años, donpepito pensará que el camino se hace con las piedras que antes hemos pisado.
Mientras tanto, todos tranquilos, donpepito llegará a nacer.
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