Mi razón aún está lúcida; primer y único motivo de que no guarde esta historia en el olvidado placar de mis dedos.
La mañana, que aún no había parido
con sufrimiento mortal una tarde que anunciaba su corta y
esplendorosa vida, lucía un sol encaramado en la cima del mundo como
dueño y señor del universo.
Me encontraba paseando por los jardines
de un antiguo palacio florentino, mientras esperaba a un amigo que me
llevaría a conocer los alrededores medievales de la bella ciudad.
Como el retraso del italiano era un
hábito frecuente al que me tenía acostumbrada, me dediqué a
calcular las medidas de los setos que conformaban el laberíntico
jardín.
Todos ellos andaban por los dos metros
de alto y un metro de ancho; el largo oscilaba; si formaban recodo
para obturar la salida, llegaba a tres metros; si continuaban
semejando un callejón, alcanzaban quince o veinte metros; los que
custodiaban el paseo central rondaban los cincuenta metros.
Y así transcurrían los minutos,
paseando, midiendo y esperando.
Detenida en la fuente que ponía fin a
la explanada del frondoso y críptico lugar. Sentada en el borde de
un aspirante a estanque y salpicando con mis manos el agua caliente y
espesa, un tipo gigante -sobrepasaba la altura de los setos- vestido
completamente de negro, camisa desabrochada hasta la mitad de su
velludo pecho, gruesa cadena de oro adornando su cuello y zapatos de
un brillante y cegador charol, se acercó a mí, me saludó con
exquisita y pedante amabilidad y me preguntó de inmediato sin
dejarme corresponder al saludo si era la dama oscura que estaba
esperando por la muerte.
El impacto que me produjo fue tan
fuerte que estuve a punto de hundirme en el agua putrefacta.
Al instante, la impresión se
transformó en desconcierto. La coordinación entre el que
interpelaba y lo interpelado era total. Tan extravagante el uno como
lo otro.
Reaccioné respondiendo que a esas
horas del día la perpendicular de los rayos solares sobre nuestras
cabezas era total y solía hacer mucho daño en nuestro raciocinio y,
además, aun creyendo que su estado mental gozase de salud espléndida
yo no era la dama oscura ni estaba esperando a la muerte -a no ser,
pensé, que mi amigo italiano, poseyera tal condición-.
El Negro, (así lo bauticé por puro
instinto visual), me dijo entonces: -no esté tan segura de que no
aparezca, tal vez se haya retrasado-.
Me ofendí; muchísimo; el tipo daba
por hecho que yo era la dama oscura y que la muerte me visitaría.
Por otro lado, me imaginé siendo una dama?, siendo oscura?:
aceptable; teniendo una cita con quién? con la muerte? No expresé
mis pensamientos pero sí dejé escapar una estridente risa.
-Veo que la cita no le produce temor
sino hilaridad, eso está bien-, dijo.
Sintiéndome hastiada y a la vez
temerosa de tan absurda conversación, hice un ademán desdeñoso al
más puro estilo de dama oscura y me giré para darle la espalda.
Deseando que el Negro advirtiese mi
desprecio saqué del bolso mi moleskine negra (no quiero pensar en
las coincidencias) y me dispuse a escribir todo lo sucedido en los
jardines.
No sé el tiempo que llevo escribiendo
pero temo girarme para comprobar si el Negro continúa allí.
Ah, mi amigo, le diré que salgamos de
Florencia, no quiero continuar aquí, espero que haya venido en
coche.
Corriere Fiorentino: “en el día de ayer, en la estatal SS67 se produjo un accidente de circulación en el que han resultado un hombre herido y una mujer muerta, tal vez procedentes de Florencia con destino a Pontassieve.
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